A propósito de G.G. Allin y el punk escatológico

Este 29 de Agosto se estará cumpliendo el natalicio cincuenta y seis del gran master G.G. Allin, razón que me obliga a compartir con la mierdera comunidad blogera algunas reflexiones de carácter excrementicio-escatológico.

Digressio I.

Los rollos de papel higiénicos son aberrantes porque multiplican la pobreza de los hombres.La frase, absurda, delirante, quizá tenga algún sentido. Intentaré explicarme.

En su famoso ensayo sobre el caso clínico del aristócrata ruso Sergei Pankejeff,“el hombre de los lobos”, Freud escribía que “el psicoanalista está acostumbrado a retraer el interés respecto al dinero –allí donde el interés es de naturaleza libidinosa y no de naturaleza racional- al placer excrementicio”. (De la historia de una neurosis infantil, Obras completas, Vol. 17, Buenos Aíres.Amorrortu Editores, p. 24.).

Es sabido que el médico vienés se jactaba de cómo el psicoanálisis había liberado a esa “materia vil”, a ese “residuo de tierra” llamado mierda, por tanto tiempo retenida en las cavernas de la ciencias humanas, al delinear lo que se conoce como el “carácter anal”, cuyos rasgos más característicos son la compulsión por el aseo, el orden, la autosatisfacción y la obsesión por el dinero:

Los niños, en efecto, están orgullosos de sus propias defecaciones y las utilizan para afirmarse a sí mismos frente a los adultos. Bajo la presión de la educación, las tendencias coprófilas del niño ceden paulatinamente a la represión, de modo que aprende a sentir vergüenza y desagrado [...] El interés, que hasta ese momento iba dirigido a los excrementos, se desplaza hacia otros objetos, por ejemplo, hacia el dinero, que, como es obvio, adquirirá significado para el niño más adelante. (John Gregory Bourke, Escatología y civilización, prólogo de Sigmund Freud, Barcelona; Círculo Latino Editorial, 2005, p. 9).

 Una de las principales manifestaciones de este desplazamiento es el comportamiento irracional y obsesivo por el dinero. Así, para Freud, la “forma originaria” de la propiedad no es otra que la “forma anal”.

La función  freudiana de la mierda es la siguiente:

Riquezas/propiedad/poder = Acumulación/gusto por las heces.

Un “sujeto de carácter anal” (y aquí no nos referimos a todos los maricones que gustan de los bombeos prostáticos) se empeñará entonces de marcar/defecar a los otros a través de la ostentación de su dinero/poder.

Luego, la consecuencia es obvia: la mercancía-fetiche del trabajo alienado de la que habla Marx en el capítulo I del El Capital, representa la gran mierda por excelencia; el dispositivo de deseo (porque todos deseamos tener algo de caquita caliente y blanda en nuestros manos) y sujeción económico-ideológico mediante el cual la clase hegemónica de capitalistas y empresarios, esa estirpe limpia, ordenada, vanidosa, linda, y con un fuerte sentido de la propiedad, fecaliza al mundo.

Ahora bien, no se necesita ser un gran hombre de dinero para ser un cagón indeseable. ¿Cuántos de nosotros no somos asediados cotidianamente por esos culeros de “carácter anal” que acostumbran embarrarnos en las narices sus pequeñas posesiones? Autos, casas, joyas, ropa, mujeres, hijos, familia, conocimientos, sueños, éxitos. Todo el tiempo están allí, los culeros anales, marcando su territorio, ufanándose de sus logros, cagándonos con sus posesiones. Yo mismo, incluso, estoy embarrándoles con pura mierda –retórica- en estos momentos.

Las redes sociales no escapan a la lógica pedorra del capital: un gigantesco catálogo de egos anónimos, profundos y huecos como culos dilatados esperando por ser satisfechos, en donde cada internauta, mejor dicho, cada consumidor culero, presume y excreta lo poco que posee a los otros en busca de un poco de reconocimiento.

Concluyo: un gran hombre o mujer no es aquel que atasca su vida de dinero y cosas valiosas, sino aquel que por las mañanas se esmera por dejar un pedazo de “materia vil” entre sus nalgas. 

 

FIL DE OAXACA 2011

En calidad de todo un profesional del periodismo escrito, quien esto postea tuvo la oportunidad de cubrir la XXXI Feria Internacional del Libro de Oaxaca 2011, cortesía de la revista CinePremiere.

Aquí la liga con la crónica (llena de color y excesos) de lo acontecido y publicada por los cuates de Replicante:

http://revistareplicante.com/apuntes-y-cronicas/la-noche-avanza/

CALLE VACÍA

Una calle vacía y el Mercado 20 de Noviembre, al amanecer y tras una noche de mezcal.

CUADERNOS DE PERIODISMO GONZO

Ya está en librerías (de venta en Gandhi, el Sótano y Educal) el número cero de los Cuadernos de Periodismo Gonzo, coordinado por J. M. Servín, Bibiana Camacho, René Velázquez de León y Cato, el perro maravilla.

En esta primera gonzo-entrega encontramos una variopinta compilación de artículos y reportajes de alto octanaje periodístico-narrativo; textos polémicos y a contracorriente,  lúbricos y disparatados, de mal gusto, subjetivos.

David Lida, Miguel Ángel Chávez Díaz de León, Alfonso Morcillo, Fernando Urias, Daniela Rea, entre otros excéntricos personajes y demás gente sin futuro (un servidor entre ellos) escriben para este primer número.

Cuaderno 0

Felicitaciones a los coordinadores de esta publicación por tan profesional y cuidadosa edición.

TAMBIÉN EL CADÁVER VIVE

Un cadáver no es nada, pero ese objeto, ese cadáver, está marcado ya de entrada por el signo de la Nada.

George Bataille. El erotismo.

Tendida sobre la plancha metálica, pálida y fría como piedra de alabastro, el cadáver de la mujer esboza una sonrisa leve y serena; casi inerte y remota, pues como todo muerto no está realmente presente ni tampoco ausente, aquél cuerpo sin vida de mejillas límpidas no deja de ser macabro.

Víctima de un derrame cerebral, no lleva más de 24 horas muerta y ya su cuerpo presenta las primeras huellas de la degradación a la que está condenada toda materia orgánica: la carne desnuda luce marchita e inflamada por los gases y fluidos en descomposición, las extremidades, nalgas y dorso están tiesos y amoratados.

Se le aplica una inyección de formaldehido para evitar que continúe la descomposición de tejidos y vasos sanguíneos de su cuerpo; la nariz y orejas, que hasta hace unos momentos goteaban finos hilos de sangre son limpiados y bien rellenados con algodón, al igual que sus demás cavidades.  Luego, es vestida y calzada con traje, calcetas y zapatillas blancas. El rostro es maquillado y el cabello, corto y crespo, bien peinado. “Buscamos que queden como si estuvieran durmiendo”, advierten los encargados de su arreglo estético.

Cualquier rastro del horror, dolor o violencia que haya experimentado al morir es borrado de su cuerpo.  Finalmente, sosegada y embellecida, la mujer está lista para lanzarse a ese sueño eterno que llamamos muerte. El autor de esta insólita transformación es Ignacio Escamilla, embalsamador.

26julio2009 022

 

Vocación y oficio de un embalsamador

Ignacio Escamilla es un embalsamador. A su corta edad (tiene 21 años) lleva más de dos años ejerciendo el oficio en el área de preservaciones o “embalsamadora” de una conocida agencia funeraria del Estado de México, famosa por la enorme estatua de un Cristo, visible desde la carretera México-Querétaro.

A la fecha, Ignacio o “Nachito, el embalsamador”, como es conocido dentro del medio funerario  ha tenido la nada envidiable oportunidad de “trabajar” con más de 850 cadáveres. Su trabajo lo obliga a literalmente vivir rodeado de personas muertas, a convivir día a día con la muerte. Trabaja cinco días a la semana en el turno nocturno, que va de 10 de la noche a 6 de la mañana, y prepara entre 20 y 25 cuerpos por semana, regularmente.

Oficio y vocación, en apariencia lúgubre y desagradable, la preservación y restauración  de cadáveres es en realidad “un trabajo como cualquier otro, una actividad de lo más normal”, pero que a diferencia de otros exige un estómago y nervios de acero, además de contar con la disposición para nunca “perder la capacidad de asombro”, afirma Escamilla.

Allí,  con la mueca vigilante e imperturbable del cadáver femenino recién preparado, en medio de las planchas de acero metálico, respirando el aroma del formaldehido o “formol” (compuesto indispensable que se utiliza para detener el proceso de descomposición del cadáver) que flota en el ambiente, Ignacio ofreció su singular testimonio.

-     ¿Cómo describirías el rostro de la muerte?

-     Con dolor. Un cuerpo siempre va a reaccionar distinto a la muerte, pero para todos es inesperada. Nadie espera la muerte, ahora sí que sorprende. La muerte además tiene cierto aroma,  es un olor diferente a cualquier cosa. Todo cuerpo muerto tiene además su propio olor,  muy penetrante, muy fétido.

-     ¿Y entonces por qué elegir dedicarte a este oficio?

-     Es algo que ya se trae en la sangre.  A mucha gente se le hace extraño que te dediques a este trabajo, se asombran.  No dudo que mucha gente trabaje por necesidad, pero al menos yo lo hago por gusto. Se me hace algo muy interesante y me gusta. Desde niño ya lo traía, cuando me preguntaban que a qué pensaba dedicarme yo respondía que quería trabajar con cadáveres.

-     ¿Qué estudios o conocimientos se requieren para ser un embalsamador?

-     Pues de preferencia un título en medicina forense. Pero esto es más bien de técnicas, ahora sí que vas aprendiendo sobre la marcha, y más que nada es conocimiento en anatomía lo que se ocupa para las preparaciones.

-     ¿Es bien redituado el oficio?

-     Sí, es bien pagado. Aunque el costo de la preparación de un cuerpo regularmente lo determina la funeraria y no el embalsamador. Más allá de la paga, mi trabajo lo hago con mucho gusto, me enorgullece. Yo he trabajado cuerpos de bebés, niños, jóvenes, adultos, señores de la tercera de edad. He trabajado cuerpos baleados, quemados, mutilados, decapitados, con patologías de cáncer, SIDA, infarto. En este oficio nunca pierdes la capacidad de asombro.

26julio2009 020

Embalsamar un cadáver: negación del devenir natural del cuerpo

El insólito devenir del organismo vivo de una persona hacia el estado de cadáver es más que un fenómeno de la naturaleza. El cadáver -como la muerte- pertenece a la cultura,  es una construcción simbólica.

El hombre niega el devenir natural de su cuerpo y asimila la muerte por medio de diversas prácticas religiosas y rituales, experimenta la agobiante sensación del duelo, preserva y restaura a sus muertos, los entierra y ofrece santa sepultura,  los recuerda y les rinde tributo en cementerios e iglesias.

A la base de todas estas actividades se encuentra, sin duda, el  horror, asco y náusea primigenia que experimentamos ante el vacío de la muerte, sensación vertiginosa que desencadena la típica repulsión hacia la carne putrefacta o en pleno proceso descomposición.

“El cadáver,  que sucede al hombre vivo, ya no es nada; por ello ya no es nada tangible lo que objetivamente nos da náuseas; nuestro sentimiento es el de un vacío, y lo experimentamos desfalleciendo”, escribe George Bataille a propósito de este fenómeno en su ensayo de El erotismo.

En efecto, el cadáver nos horroriza y repugna  más que por su apariencia, por lo que significa: el triunfo de la náusea y la purulencia de la vida.  Contemplar un cuerpo muerto es mirar nuestro reflejo, lo que algún día seremos. El cadáver nos hace desfallecer porque es el espejo de nuestro inminente destino.

Es quizá por esto que el ser humano elige trascender la condición natural que su esencia terrenal, finita y temporal le impone: el horrendo destino de morir insepulto,  arrojado a la voracidad de la naturaleza, de los insectos necrófagos y animales carroñeros.

Sin duda, la preservación, restauración y embalsamamiento del cuerpo muerto, práctica milenaria que aparece en la civilización humana con los babilonios y los egipcios, responde a estos temores. El método que práctica Escamilla es el siguiente:

-     ¿Explícanos en qué consiste el proceso de embalsamar o preservar un cadáver?

-     En un cuerpo íntegro se maneja así: se asea el cuerpo, se aplica una inyección intraarterial que puede ser femoral o en la arteria carótida, se inyecta un químico que fija el tejido, formaldehido, comúnmente conocido como formol. Con esa inyección se le quita el aspecto cadavérico y el rictus del dolor. Luego,  con un masaje se le quita la cianosis (amoratamiento) de la cara. Por ejemplo, en un infarto o cuando duraron mucho tiempo enfermos se les quita ese aspecto amoratado (cianosis),  el cual se da por la falta de oxígeno. Después de esa inyección viene el drenado del cuerpo, que en este ámbito se conoce como “troquear”, se le extraen líquidos y toda clase de fluidos como materia fecal, restos de comida y la gasificación de la cavidad peritoneal. Hay cuerpos que les puedes sacar ya entre líquidos y fluidos hasta cuatro litros. Por último, mis compañeros Silvia Simón y Miguel Manilla, ya en el área de estética,  realizan el taponamiento de cavidades, de garganta, nariz, más que nada para evitar que sangren. Luego se le da su arreglo estético que consiste en vestirlo, maquillarlo y peinarlo.

-     ¿Cuánto tiempo,  aproximadamente, tarda todo este proceso?

-     En cuerpos íntegros de 30 a 40-45 minutos. En cuerpos legales como 1 hora o dos. 

-     ¿Qué es un cuerpo legal y uno íntegro y qué diferencia hay?

-     Un cuerpo legal es aquél que ya trae necropsia hecha y que va estudiado por el Servicio Médico Forense (SEMEFO). Se les llama así porque pasan por un proceso legal, en el cual se sigue un caso jurídico por muerte no natural, como asesinatos, suicidios, accidentes automovilísticos o que simplemente se ignora la causa de la defunción y se tiene que hacer una necropsia. En los cuerpos íntegros, que comúnmente mueren en domicilio, en hospitales o por causas patológicas, sólo les realizamos su inyección, su drenado, taponeado de cavidades, maquillaje y peinado. Es indispensable la  copia del certificado de defunción para poder trabajar, saber qué edad tenía cuando murió, cuánto tiempo lleva de fallecido, y lo más importante, la patología, porque en base a eso es el proceso de preparación que vamos a hacer nosotros.

-     ¿Y a los cuerpos legales qué les haces?

-     Los cuerpos legales sólo se evisceran. Cuando nos llegan aquí quitamos los puntos de sutura, sacamos otra vez los órganos internos, los fijamos en el componente (formol) y otra vez se vuelven a ingresar al cuerpo. Se cose nuevamente (el cadáver) para que lleven una mejor presentación y se le hace su lavado de cráneo.

-     ¿Es cierto, que cuando se saca el cerebro del cráneo ya no vuelve a recolocarse en la cabeza? 

-     Sí, es cierto. La masa encefálica es muy gelatinosa, por así decirlo. Por lo complicado de manejarla se coloca dentro de la cavidad toráxica.

 26julio2009 019

El arte de “embellecer” un muerto

Si la vida, ese estallido vigoroso de movimiento, salud y voluptuosidad se opone radicalmente a la putridez,  fetidez y pasividad del cadáver como piensa Bataille, entonces no resulta del todo increíble el hecho de que en algunas culturas la preservación del cuerpo de una persona adquiera tintes casi siniestros.

Un par de ejemplos más que elocuentes: en la tradición judaica hubo épocas en que el agua que se utilizaba para limpiar los restos de sangre y excremento del muerto tenía que ser bebida por los familiares;  en Pinotepa, Oaxaca,  a los niños muertos los sientan y les abren los ojos con palillos para que observen a los asistentes de su propio funeral.

Pero independientemente de la religión o ritual mortuorio que se practique,  la corporalidad de la persona que se ha ido, ya sea velado a ataúd abierto, enterrado, cremado o hasta disecado como adorno en la sala de la casa, pasa por algún proceso de preservación o embalsamamiento previo.

Y aunque existen muchos métodos aparte del practicado por Escamilla, el propósito siempre es el mismo: borrar cualquier huella de violencia y dolor que la muerte deja en el cuerpo del fallecido. Todavía más importante es poder conservar, en la medida de lo posible, la identidad e integridad del cuerpo para que sus deudos tengan la oportunidad de despedirse apropiadamente.

Por eso al muerto se le viste con las mejores ropas que usaba en vida, se le adorna con sus joyas (sí es que tiene), se le maquilla y perfuma, para que adquiera la mejor apariencia posible.  Aún en la muerte al cuerpo también se le embellece, quizá porque como pensaba Parménides,  también el cadáver tiene vida.

-     ¿Cuál es tu finalidad como embalsamador?

-     Evitar la descomposición del cuerpo. Dentro de mis posibilidades también hago pequeñas restauraciones faciales,  en muertes ya trágicas, como accidentes o suicidios. Por ejemplo, en un traumatismo craneoencefálico es imposible saber cómo era la persona en cuestiones de rasgos faciales, pero ahí le vas dando forma al cráneo y mandíbulas, te vas imaginando cómo era.

-          ¿Tú definirías tu trabajo como algo artístico?

-          Claro, el embalsamar es todo un arte. El cadáver es  como una hoja en blanco en el que tú tienes que plasmar tu trabajo. Pero ese trabajo no es para ti, ni para el cuerpo mismo, es para los familiares. Tenemos como misión darles el mejor aspecto posible, dejar los cuerpos como si estuvieran dormidos para que cuando los familiares los vean se vayan con la mejor imagen posible de su familiar.

-          ¿Qué material utilizas para las restauraciones?

-          Tenemos látex, que es el material más usado. Se limpia el rostro, se fija el tejido y hacemos la restauración con látex, después sacamos los cuerpos al área de estética, donde se encargan de darles maquillaje, vestido y peinado.  

-           ¿Qué trabajo de restauración recuerdas más?

-          Tengo muy presente un caso de tres cuerpos legales, tres ejecutados que hasta salieron en el Alarma!.  Es interesante saber qué cuerpos, que a lo mejor murieron ejecutados o en un accidente te tocan a ti, y dices órale, este cuerpo yo lo trabajé. En el caso de estos tres, por el rato que tenían de fallecidos  los familiares no querían verlos y el ataúd iba a quedar cerrado.  Tuve tres horas para trabajarlos, un cuerpo  por hora. Los servicios quedaron tan bien que pidieron un día más de velación con ataúd abierto. Otro que me tocó fue preparar a un integrante de la Sonora Santanera que falleció ya hace como un año. 

-          En el libro  Cultura del Apocalipsis, de Adam Parfrey, hay una entrevista con Karen Greenlee, mejor conocida como la “necrófila impenitente”. Esta mujer siempre trabajó en agencias funerarias como embalsamadora y advierte que prácticamente todos los que se dedican a este oficio de alguna u otra forma están fascinados con los cadáveres, muchos como ella, llegan incluso al grado de erotizarse con ellos. En tu caso,  ¿nunca te has sentido tentado ante la “belleza” y resultado final de uno de tus trabajos?

-          Esa es una pregunta que me hacen mucho, por morbosos. La gente es muy morbosa, pero no conozco a nadie que haya hecho eso. Aquí respetamos mucho la integridad de los cuerpos, desde el hecho  de tapar los genitales del cuerpo cuando están desnudos y estamos trabajando.  Estamos trabajando con personas, que aunque al final de cuentas están muertas,  no por ello dejan de ser personas.  

(Publicado en Revista Nuevo Alarma!, No.  964. Fotos: Jessica “la necrófila impenitente” Carrillo)

Vodka, cocaína y sesos hirvientes

 Un hombre cuando está ebrio es conducido  por un niño imberbe y va dando tumbos, sin saber por dónde va porque su alma está húmeda.

Heráclito Fr. 117 

Un bombardeo de luces y gritos inunda al atos blanco que circula lenta y despreocupadamente por el cruce de Zacatecas y Monterrey. El conductor de un neón negro que viene a toda velocidad por el eje vial alcanza a divisar el rodar frenético del atos pero es incapaz de frenar a tiempo y se estampa de frente contra éste.

 ¡CRAAAAAASH!

Aunque el Efebo y el conductor del neón trataron de esquivarse mutuamente y frenaron con toda su fuerza, la velocidad y la inercia de sus trayectorias los hicieron colisionarse fatalmente. El Neón va a dar contra los cables tensores y un poste de electricidad en la esquina de Zacatecas.

 ¡CRASH!  Todo el cuerpo de su tripulante se encuentra aplastado por los gruesos y letales fierros del bólido; mientras que el diminuto atos blanco queda a media avenida totalmente desmadrado.

Ambos autos humean, levantando una canícula de muerte en el asfalto. Efebo está inconsciente. Su cabeza está recargada sobre el volante del auto. De su cráneo emergen un par de riachuelos de sangre que recorren su frente. Su nariz está rota y sangra por ambos poros. Sus piernas, que lucen replegadas sobre su abdomen y aplastadas por el capote del carro, se han fracturado a la altura de los tobillos, la tibia y el peroné. Las manos, que sostenían firmemente el volante, se han quebrado a la altura de las muñecas. La cadera, el esternón y las cervicales también se han desquebrajado. El volante que salió como disparado desde el fondo de la estructura del carro lo golpeó violentamente. Efebo necesitará varios meses de rehabilitación sí es que sobrevive.

 Karlo Rent todavía en el asiento trasero, se levanta gimiendo y quejándose: “Ahhhggg… no mamen… Ahhhggg…”. El Pintor no se ve por ninguna parte y al mover a Efebo se da cuenta que éste no responde. Sólo cuando sale a trompicones del pequeño auto compacto puede ver entonces la escena completa: el capote, el motor y la maquinaria están triturados por completo; algunas partes se hayan regadas por la acera, como la puerta retorcida del piloto a unos cuantos metros de él. Una fina y crujiente escarcha de vidrios cubre las esquinas de Monterrey y Zacatecas.

El Pintor está tendido sobre el asfalto con las manos y piernas rotas. Salió volando rompiendo el parabrisas al momento del choque. Su robusto cuerpo y panza chelera rebotaron contra el capote del neón, para luego ser arrojado por éste a los aires. El cráneo y rostro moreno se arrastró a lo largo de un par de metros antes de detenerse por completo. La piel desprendida del cráneo, el rostro y los globos oculares, desparramados y adheridos al asfalto, resumen la trayectoria macabra del cuerpo del Pintor.

Un charco de sangre, espeso y de una tonalidad casi púrpura, moteado con pedazos de sesos hirvientes, rodea su cabeza como una aureola diabólica. Todo su cadáver desprende un fulgor y luminiscencia plástica que sólo la claridad de una noche fría y estrellada puede otorgar. Un final trágico y perfecto para un gran artista, piensa Karlo Rent, conmovido ante el cuadro de pesadilla que contempla. Karlo comienza a sentir un fuerte dolor en el pecho y en el cuello. Al acercarse a Efebo, como suele llamarle el muy mamón, su instinto lo hace buscar inconscientemente los dos papelitos que le habían dado en el Bull. Pero no hay ni huellas de los mentados papelitos.

- Ahora sí que la cagaste Efebo – dice en voz baja junto a él. De pronto la mano del chico se abre como una ostra y deja caer las dos grapas. Una felicidad inmensa recorre su rostro.

“Al menos se salvaron un par de papelitos”, se dice a sí mismo el editor, que necesita alivianarse para enfrentar todo lo que vendrá después: los policías, los médicos, los juzgados, la identificación de cuerpos.  Rent se sienta en la acera de la esquina de Zacatecas junto al neón negro y sobre un pedazo de cristal que tomó de la escena del choque deposita un papelito completo. El otro lo guarda en su bolsillo para más adelante. Una montañita de coca lo ve de forma inquietante.

“¡Qué preciosa montañita de coca!”, exclama contento y victorioso. Luego, la inhala por completo. Su pulso se acelera rápidamente. El corazón parece salirse de su pecho. Se siente fresco y lúcido. Nunca había sentido un jalón tan placentero. El dolor en el pecho y cuello van desapareciendo por completo. Las sirenas de los policías suenan a lo lejos y Karlo se dispone a enfrentarlos.

¡CRASH!

*****

Llueve en la ciudad. Las llantas de mi diminuto auto coreano, de mediocre manufactura, se deslizan a lo largo de las polvorientas calles de la colonia Roma. Siempre he pensado que mi auto es como un pequeño huevo blanco, friéndose y balanceándose de un lado a otro a lo largo de un gigantesco sartén de teflón. Mientras conduzco a toda velocidad por la sartén, siento una incontenible necesidad de meterme unas líneas. Estoy nervioso y cansado y unas líneas de coca siempre me alivianan. Hoy he tenido un día por demás estresante, y cuando me pongo nervioso me da comezón en las pelotas. Mientras me rasco los huevos de una manera casi enfermiza, con mi mano derecha, la mano de las chaquetas, resuelvo virar a la derecha y dirigirme a la redacción Charles Bukowski.

Allí, en la redacción del vicio y el alcohol, siempre hay la oportunidad de esnifar gratuitamente algo de polvo blanco. Karlo Rent y su desquiciado grupo de colaboradores nunca salen de casa sin cargar algo de buena cocaína. Al bajar de mi auto y dirigirme a la redacción el vigilante me advierte que todos se han ido ya. Fiel a su costumbre, el poli no me permite la entrada, así que le lanzo una mirada llena de repulsión y desconfianza.

De nuevo en el huevo, conduzco hasta Insurgentes para luego dar vuelta a la derecha en la calle de Yucatán. Ahí, en el eje vial, a lado de otros tugurios de mala reputación, se localiza la segunda redacción de la revista: el Bull. Afuera del Bull, uno de los mafiosos que nos consigue la cocaína me saluda. Le dicen “el Confucio”, como el sabio y filósofo chino, mejor conocido por el vulgo por sus famosas sentencias y aforismos; pero éste otro, el que está delante de mí, no parece hacerle mucho honor a su mote. Su único parecido con Kung-Fu-Tsé, no es más que su cara amarilla y chata de chino. Le saludo indiferente con la mirada y entro al Bull que estalla en periódicas explosiones de carcajadas y gritos, música y copas. El lugar está atiborrado de borrachos. Justo a la entrada, en la primer mesa, están Karlo Rent y el grabador Philipp Pow, acompañados de un par de amigos suyos que lucen bastante intimidantes.

- ¡Efebo! – me saluda algún mamón con cerveza en mano.

 - ¡Maestro Ricardo! – gruñe Phillipp desde su esquina. Saludo cordialmente a la mesa y me siento por fin.

Al parecer uno de los acompañantes de Phillpp es su ex-novia, una mujer brava y de rostro hinchado a quien todavía no consigue olvidar. Según me cuentan, acaba de presentar sus más reciente libro: los espacios que nos ocupan. Aunque el único espacio que debería ocuparle es el de satisfacer en la cama a su pareja que se encuentra a su lado, y al que se le nota a kilómetros de distancia que le gusta que se la metan por el culo. Mis sospechas se ven confirmadas cuando instantes después se muestra necio en darle un beso en los labios a Rent. Interrumpo su manoseo y les pregunto que si no tienen un papelin, pero no me hacen caso. Karlo, con su voz de motorcito, se encuentra emitiendo su clásico discurso sobre la belleza del instante:

 - Ehhh… como le digo a mis alumnos… la belleza de la vida radica en ese salto al vacío, ese instante eterno de placer, que sólo puede lograr un acto plenamente contracultural…

Una, dos, tres, cuatro cubetas desaparecen antes nuestros ojos. Para la fortuna de todos en la mesa llega el Pintor y se dispara la quinta y la sexta ronda de chelas. Se sienta con nosotros, y como si fuera un sabio Buda oaxaqueño se percata de nuestra desesperación y nos ilumina a todos. Por debajo de la mesa me da una grapa y un popotito mientras vigila con mirada nerviosa las afueras del lugar. ¿Qué pitos se supone que haga yo con esto? ¿Inhalarla en el baño del Bull? No hay manera. Es un baño inmundo.

Se respira una tensión en el aire. Yo estoy nervioso. Rent está nervioso. Y hasta el Pintor que en sus momentos de mayor arrojo se mete líneas en cualquier mesa hoy luce retraído. Incluso el maricón de nuestra mesa tiene las nalgas alteradas. Como nadie quiere arriesgarse en el baño decidimos democráticamente movernos al Cocadonga. Nos vamos, pero no estoy seguro de haber pagado toda la cuenta. Lo siento por Philipp Pow, su ex y el acompañante maricón. Antes de salir compramos algo de cocaína al Confusio y los ojos de todos se lanzan como buitres sobre el par de grapas que nos da. En el camino Karlo Rent no deja de chillar y gritar como una esposa celosa e histérica.

- ¡Cuidado con el alto! ¡Cabrón, no mames te lo pasaste! – chilla Rent desde el asiento trasero.

- Detente ahí en la esquina – ordena el Pintor.

 - ¡No mames, como aquí! ¡Nos va a cachar la patrulla! –continúa gritando Rent.

Nos detenemos entre las calles de Colima y Córdoba y sacamos el material. En la guantera de mi auto hay un libro que se titula Noches de Cocaína, de J.G. Ballard. Haciéndole honor a su nombre, sobre su luminosa portada azul, vacío la grapa de coca y me dispongo a cortarla en tres largas y regordetas líneas. Con el popotito que me había dado el Pintor las succionamos por las narices. Un cosquilleo sube directamente hasta mi cerebro, recorriendo mi nariz y garganta. Siento un ligero adormecimiento en mis dientes, y sé de inmediato, que me pondré hasta el huevo.

- Siempre nos dan una mierda aquí. Vamos al Cocadonga. –comenta el Pintor.

Enciendo el auto. Prendo un cigarillo y conduzco hacia el Cocadonga. La iglesia de Puebla nos asalta a la vista. Mi boca tiene un sabor rancio por tanta cerveza y cigarro. Me pican los huevos y creo que no estoy en condiciones para estacionar bien mi coche.

El viejo puerco, Charles Bukowski, según la mente puerca del Pintor.

*****

- ¿Es ésa Elsa Medicci? – pregunta el Pintor.

 - No mames… Sí, sí es. –asiente Karlo y luego pregunta – ¿es ése Pancho Meyer?

- Sí, toda la banda fotógrafa del Centro de la Imagen se descolgó para el Cocadonga –contesto.

 - Mira ahí está el maestro Pedro Valdovinos. Voy a saludarlo. – comenta Rent.

 En efecto, el maestro Valdovinos está a dos mesas de la nuestra, junto a otros dos fotógrafos y a una mujer descaradamente buena. Es jueves de Cocadonga y toda la banda intelectual y fashion de la Roma y alrededores se encuentran aquí.

 - ¿Oye ahí está Gonzalo Torres, no?

- Sí, sí, ahí está. No lo había visto. –dice el pintor mientras levanta la mano y lo saluda – ¡Ey, Armando!

Una, dos, tres vodka con quina desaparecen frente a nuestros ojos en menos de diez minutos. Rent platica con Valdovinos sobre la Bienal de fotografía y luego va y saluda a medio mundo.

 - Sí, Ricardo… mis amigos… –musita débilmente el Pintor - Yo con mis amigos todo. Para mí mis amigos lo son todo. – sus manos adquieren autonomía y no dejan de moverse, mientras agrega consternado- ¡Qué Cocadonga ni nada! Aquí todos vienen a lucirse… Yo no le invito nadie más que a mis amigos.

- Sí, sí, te entiendo. – miento pues en realidad no le entiendo ni madres.

- ¿Dónde estará Guillermo? ¡Guille, Guille, Guille! Ya es  jueves y no está por aquí – chilla con aire desconsolado Rent, que ha vuelto después de saludar a un centenar de gente.

- ¿Oigan, ahí está el mamón de Damián Flores? – pregunto sin recibir respuesta alguna.

Yo pido un tonic, Rent un tequila; el pintor sigue con cerveza. La gente entra y sale de los baños del Cocadonga. Todos van a meterse líneas y los retretes de los baños son el lugar indicado para hacerlo. De pronto la estentórea y aguardientosa voz de Karlo Rent retumba en el salón:

- ¡Faaaada! –saluda Rent al tal Guillermo que ha llegado y nos saluda caballerosamente. Por ahí está uno de los Titán, al que no logro reconocer, pues todos se parecen, pero ahí es a donde va el tal Guillermo.

 - ¿Traen dinero? – pregunta Rent.

 - No mames… si tú ibas a invitar. –contesta el Pintor.

- Si yo puse la última allá, y compré la grapita…

El pintor mueve la cabeza. Yo pido otro vodka tonic. Uno tras otro se enfila al baño de hombres del Cocadonga. Rent hace lo propio y se mete también.

 - No te preocupes… La dueña es mi amiga. Hoy todo sale gratis. Ya sabes que yo con mis amigos… –continua recitando el Pintor su discurso acerca de la importancia de la amistad.

 Después de unos veinte minutos, Rent sale del baño y nos dice: – Ahí les deje unas líneas, vayan. El pintor va con presteza. Sale del sanitario con una sonrisa extraviada, observa el panorama y se detiene a platicar con el maestro Valdovinos que ya se marcha. Una granizada de fichas de domino se estrella en las mesas del Cocadonga, sus incompetentes meseros van y vienen, trayéndonos todo el alcohol que queramos. La pasarela de luminarias intelectuales condecci way of life no para y todos se exhiben, saludan y reconocen con hipócritas gestos de cortesía. Yo sigo con mi vodka contemplando el espectáculo y preguntándome que pitos hago aquí. Al cabo de unos minutos, el Pintor, borracho de carrera interminable, nos comenta:

- Ehhh… ¿Vamos por otras no? Ey, Karlo, ¿vamos por otras con el Confucio no?

- ¿Creo que ahí está Roger Villareal? No veo bien… – y luego mientras se acomoda sus lentes contesta débilmente- Sí, yo pongo cien pesos…

 - Eh, Ricardo, vamos por otras dos no… y ya unas chelas aquí y ya nos vamos, no.

No me lo dicen dos veces y salimos los tres tamborileando por la calle hasta subir al auto.

- Es mejor regresar al Cocadonga. En el Bull no puedes meterte líneas. Pinche lugar, está cabrón ya. Ahí mismo te acusan. – advierte el Pintor.

 - ¡Es asqueroso ese baño! –la voz de Rent se esparce por todo el interior del auto- Y con tanto ruido y música uno no puede meterse una línea decentemente. Ya ves a mí carnal el “rubio” le sacaron una lana, lo madrearon y hasta casi lo violan.

 - Vamos por un par de papelitos y regresamos al Cocadonga a metérnosla y ya cada quién a su casa… –sentencia finalmente Rent.

 - Espero que esta vez no nos den una mierda. – digo preocupado antes de marcharnos. Mientras conduzco en silencio pienso en lo fácil que resulta meterse unas líneas en este país. Cualquier miserable, cualquier pobre diablo como yo puede hacerlo.

Cuando llegamos y el mafioso cara de chino me entrega el par de papelitos, me percato de que estoy aquí por mera inercia y porque sencillamente mi vida no es muy interesante. Una serie de pensamientos autodestructivos inundan mi mente. Creo que al igual que Karlo y el Pintor, tan sólo quiero un pericazo más, uno más antes de irme a dormir tranquilo a mi casa.

Alcohol, cocaína, altas velocidades y un niño borracho al volante, una combincación letal, amiguitos.

El amante adiposo

Para los amantes de las carnes bofas de este mundo...

En ocasiones la única virtud de una persona es ser joven, generar expectativas y esforzarse en destruirlas una por una. La virulencia juvenil, la falta de experiencia y hasta la degradación pública pueden pasar como gracias propias de una edad en la que algunos no encuentran certezas. Este es el caso de Diego, que manosea con torpeza los firmes pechos de Valeria, despojándolos de sus celdas de encaje rojo. A Diego le parece un acto muy original y cinematográfico, a Valeria tan sólo una más de sus pendejadas. Es media noche, y, cobijado por las sombras que lanzan las estructuras art decó del callejón de Motolinia, sucumbe al deseo que clama el tóxico aire de la ciudad, frotando su verga contra los muslos desnudos de Valeria. Los pezones de ella, atezados y rígidos por el frío, temerosos del juicio de la multitud de ojos que los asechan, se rehusan a salir. Los labios y lengua de él, buscan ávidos mamar de sus carnes. Lástima que la voluptuosidad de Valeria no ceda al mismo impulso, porque de inmediato su cuerpo rechaza de un empujón el rostro babeante de su impetuoso amante. Un hedor a carbón quemado sopla sobre las decenas de cabezas curiosas que presencian tal escena, y Diego, borracho, drogado, va a dar contra las jardineras del callejón. Recobra el equilibrio sólo para divisar como las piernas gráciles de Valeria doblan hacia 16 de Septiembre. Hay mínimo treinta personas a las afueras del Pasagüero pero esto no le impide berrear a todo pulmón: “¡Puta! ¡Eso es lo que eres! ¡Una puta traicionera y calienta huevos!”. Cubierto de un montón de ramitas y hojas secas, se sacude con la poca dignidad que le queda y decide comerse un par de hotdogs con tocino y queso. No hay estampa más representativa del chilango pedo y desmadroso que comerse un par de hochos carbonizados saliendo del antro, asevera Diego al dueño del carrito de hamburguesas y perros calientes, quien le cobra tan sólo veinte pesos.

Diego cavila sus opciones: 1) tomar un taxi a su casa, comprar más alcohol y emborracharse frente al monitor de su computadora mientras se masturba viendo pornografía, 2) perseguir a Valeria, disculparse y confesarle que está enamorado de ella, y 3) ir a la Faena donde Carlo Rent y el Escritor le invitaran más veneno y porquería a su organismo. Se decide por la tercera opción. Tambaleante, camina por las calles de 16 de Septiembre y Bolívar. Una máquina limpiadora avanza lentamente lustrando con sus llantas el pavimento del remozado Centro Histórico, cortesía de Carlitos Slim. Se detiene en uno de los innumerables Oxxo’s que hay en cada esquina del centro, también toda generosidad y altruismo del magnate mexicano, para comprar una cajetilla de cigarros Lucky Strike. Al llegar a Venustiano Carranza una larga serpiente de cincuenta cabezas espera paciente su entrada a La Faena.

MARRANA CON MANZANA.

La obesidad, un rasgo filogenético que el mexicano comparte orgullosamente con el puerco.

Diego no tiene la menor intención de agregarse a la serpiente, esperar y pagar por entrar. Telefonea a Carlo Rent, quien está dentro de la cantina, y lo hace ingresar clandestinamente sin pagar los cincuenta pesos de cover. Hoy tocan Quiero Club y más tarde Los Super Elegantes. A juicio de Diego, todas las chicas del lugar lucen idénticas y manejan el mismo look tipo stroke: niñas anoréxicas envestidas con jeans muy ajustados, que levantan sus culos delicados y dejando tanga por fuera; blusas y playeras diminutas con algún dibujo o leyenda ilegible; cortes de cabello teñidos de luces de colores, ligeramente despuntados, alaciados y asimétricos. Tal y como le gustan. De camino a la barra, se enamora tres veces de tres chicas diferentes. Atisba a Carlo, que con su paso parsimonioso, está custodiado por un par de “ninfetas perversas”, como el mismo las ha bautizado. La música tonta de Quiero Club hace vibrar las efigies de toros y toreros de La Faena, que ajenos a los saltos y griterío de la gente representan el esplendor de la fiesta brava. En la mesa de Carlo también está el Escritor, un par de groupies y un montón de borrachos gorrones igual que él. Después de saludar a la comitiva, Diego pone la cara de un niño pequeño que ha derramado su nieve de limón. ¿Cómo has estado chico?, pregunta el Escritor, ataviado con su gorra Monster y el overol de Pemex. “Igual que siempre, vagando por las calles sin el peso de un destino que cumplir”, cita Diego, esperando que el Escritor se compadezca de su precaria situación. Halagado de que se le cite con tal exactitud y memoria, el Escritor por fin pronuncia las palabras que tanto anhela:

- Si vas por las chelas te disparó una.

- Y una línea de paso, no.

El Escritor, cauteloso, le ofrece una bolsita de cocaína olor a vainilla. Diego va dócil por más alcohol. Pide unas seis cervezas de barril que le son entregadas al cabo de media hora, y sintiéndose humillado por servir de mesero, decide tirar a propósito buena parte del líquido pareciendo perder el equilibrio. Hay algunas quejas por parte de los borrachines. Diego las ignora y pide su segundo premio. En el baño de hombres se escuchan explosiones gástricas provenientes del interior de algún pedorro cagón, cuyo culo monopoliza el único cubículo del baño, destinado a que el chico aspire su droga como Dios manda. Diego se va a una esquina y saca de la bolsita un montoncito de polvo blanco con su licencia de conducir.

¿Quién no se ha chingado una gorda en esta vida?

A su salida, Los Super Elegantes toman el escenario. Melina, la vocalista, con sus broncedas y largas piernas, cual columnas de un templo griego, produce un sensual efecto hipnótico en el respetable. Todas las almas forman una misma masa frente a la tarima, de la cual no se puede ingresar ni salir de ella. Las parejas se arriman a la altura de las caderas, los borrachos saltan en medio de la muchedumbre, y Diego, taciturno y en silencio, escucha desde la mesa del fondo. Recuerda a Valeria. Una sensación de vacío se arremolina en su estómago. Recibe otra chela de manos de Carlo Rent que está asediado por los tentáculos de la más buena de sus ninfetas; la otra sólo observa metiéndose un dedo en la nariz. Al interpretar la última rola, el cover de palito Ortega “Prometimos no llorar”, Diego casi rompe en llanto.

- Vámonos de aquí Carlo. Esto está atestado de puros mamones, la chela y los tragos son carísimos, y además los que tocan me traen malos recuerdos.

Carlo asiente y pronto se despiden de la comitiva de golfas y alcohólicos. “Quédate con la coca, se ve que lo necesitas. Y ya no tomes chico”, aconseja paternal El Escritor, dándole unas palmaditas en la espalda e irguiendo en su totalidad su alta figura.

A su salida el coro final: “Sha la la la la la la…” se escucha a lo lejos, muy débil. Toman un taxi que les cobra sesenta pesos por llevarlos a la Roma. Son las tres de la madrugada y en la peligrosa encrucijada Yucatán/ Medellín/Insurgentes se bajan para perderse en las infernales fauces del Bullpen y el Jacalito. A la entrada de ambos tugurios, hermandados con el vicio, la gente baila y toma cerveza descaradamente; adentro el olor es denso y agrio, apesta a cigarro, sobaco y cola sudada. Se sumergen en el Jacalito que es más barato, y por lo tanto, atiborrado de la fauna más puerca de los alrededores: estudiantes sin destino de universidades públicas, chicas que en realidad son chicos, asalariados que gastan su exigua quincena en unos cuantos tragos, gordas que se prostituyen por unos cuantos pesos, degenerados sin rumbo como Diego. Abriéndose paso entre la gente como si cortara la tupida vegetación de una selva, Rent, fiel a su costumbre, estrecha y abraza a un montón de gente que con seguridad no recuerda pero que lo reconoce. Unos obreros se van y de inmediato su mesa es tomada por las ninfetas. De alguna manera, gracias a la infinita y dichosa capacidad de beber gratis de Carlo, las ninfetas y Diego, tienen asegurados durante los próximos minutos una cubeta de cervezas.

- Creo que ya debo como tres mil pesos. Qué importa, todo por estás bellas ninfetas.- confiesa Rent, algo desilusionado pero contento por estar con vida una noche más, bebiendo y platicando con sus amigos.

Lástima que Diego no comparta el mismo vitalismo porque bebe con desgano y amargura. Las carcajadas de las ninfetas, providenciales campanadas de un paraíso venidero para Rent, no son más que aullidos de hiena para los oídos de Diego; el reggeaton que uno baila con entusiasmo y fervor, al otro le genera hastío y dolor de cabeza; y hasta la aparición de una rata que ve correr, inofensiva e inadvertida entre el calzado de la gente, lo toma como un signo más de su total decadencia. Diego imagina un incendio, deseando que todos los presentes se achicharren hasta los huesos, que su carne se conviertan en cenizas y su sangre en manchas negruzcas en las paredes de ese cuartucho desquiciado. Mueran todos putitos, que se les achicharre el culo cabrones.

Una gorda siempre te exprimirá hasta la última gota: no eres más que un embutido aderezado con moztaza para ella.

De pronto, una puerquita tetona y trompuda lo mira cachonda, directo a los ojos. Lleva jeans y una blusa ajustada, la cual expulsa pliegues carnosos de la parte del cuerpo de lo que en algunas mujeres está la cintura. Diego se levanta y pasa junto a ella en dirección al baño donde tira una meada y termina de esnifar la poca cocaína que le queda. Al salir, le confiesa al oído: me gustas por tu apariencia boteresca y tu total carencia de sentido de la moda. Ella no escucha, pero a juzgar por su sonrisa, piensa que sus palabras han sido un cumplido. Diego inicia el ritual de cortejo con la seguridad de beber a expensas de ella y su grupo de amigos lo que resta de la noche. A medida que se emborracha su robusta conquista parece más atractiva, en especial del pecho hacia arriba. Deposita entonces toda su atención en esa área de la anatomía de la chica que dice llamarse Silvia… ¡Qué tetas tan sabrosas tienes pinche gordita! Te las voy a chupar y lamer como sí fueran sandías. Sí, soy el Amante Adiposo y qué.

Por su parte, Carlo Rent sigue alegre con sus dos ninfetas, que exprimen todos sus centavos en más alcohol y grapas que encargan al dealer del lugar. A las cinco y media de la madrugada la gente comienza a vaciar esa trampa del diablo, de cuatro por cuatro metros. Incluso Rent se encamina, como un perverso abuelo de la mano de sus nietas, hacia la salida.

- Vamos al Mestizo, a ver si te veo por allá.- grita Rent al salir.

- Sí, ahorita le caemos.- responde un coro de voces anónimas. Diego cree pertinente entonces dejarse de boberías y proponer a Silvia ir a la parte de atrás del Jacalito, a las entrañas de aquel agrietado edificio. Oye, allá atrás hay un lugar más privado donde se puede beber más a gusto y platicar sin tanto ruido. ¿Por qué no vamos?, propone Diego. Silvia no vacila en aceptar y ambos abren la puerta que está al fondo junto a la barra, pero un brazo detiene al chico. Vamos acá atrás rapidito a platicar en privado, explica a su captor, quien de inmediato recibe en el bolsillo de su camisa los últimos cincuenta pesos de Diego. El propietario del brazo es Hugo, un gordito canoso y bonachón que atiende la barra. Acostumbrado a la calentura de sus comensales lo suelta y hasta le desea suerte.

El interior de lo que antiguamente fue un respetable edificio de oficinas y departamentos de la avenida Insurgentes, hoy no es más que una enorme bodega de alcohol, una madriguera de rufianes y traficantes de quinta, así como de comercios de dudosa reputación. Sus entrañas son un laberinto apolillado y sucio, repleto de pasillos y escaleras interconectadas unas con otras, lo que dificulta a Diego dar con el cuarto donde alguna vez terminó con una puta del lugar. Dan varias vueltas sólo para dar nuevamente con la salida y ver el rostro sonriente de Hugo.

Caminan un poco más hasta que Silvia, desesperada, conduce a su borrachín al interior de un rincón debajo de unas escaleras. Un par de pilas de cajas de cervezas se alzan como dos torres en el rincón. Diego hurta varias chelas de las cajas metiéndose las que puede en sus bolsillos. Luego, siente una lengua bofa en sus labios, además de unas manecitas regordetas sobándole el pito y los huevos. La amada boteresca lame su cuello, desabotona su camisa y baja por un pecho lleno de pelitos tiesos. Cuando Silvia baja la bragueta y saca el pene a media erección de Diego, éste destapa una cerveza robada con su encendedor, da un sorbo y cierra los ojos. Ahora imagina a Valeria, desnuda e hincada, sus labios gruesos chupándole el pito, los párpados y pestañas pintadas en tonos oscuros, el cabello negro y brillante recogido por detrás de sus hombros. Mientras la lengua de una total desconocida se pasea por el bálamo de su glande una pregunta revolotea como mosca en su cabeza: ¿En qué momento se fue a la mierda todo? Unos finitos rayos de luz que lo deslumbran, surcan el piso pegostioso y tiñen de azul resplandeciente su rinconsito de amor, develando lentamente las verdaderas dimensiones de Silvia. Diego cierra con fuerza la quijada y sus párpados clausuran unánimes sus pupilas. Qué más da, mañana ni lo recordaré.

¡Atásquense! ¡Creampie para todos!