En el camino, una lectura a la distancia. Por: Ricardo Donato.

 Cada generación tiene su profeta, un guía o padre espiritual, cuya palabra y relato mítico-visionario condensa con exactitud las tribulaciones vitales de su tiempo. Pienso en lo que significó la lectura de obras como Las desventuras del joven Werther de Goethe para los románticos alemanes de finales del siglo XVIII o El extranjero de Camus para los existencialistas franceses durante y después de la Segunda Guerra Mundial, por citar un par de ejemplos. Estamos hablando de autores y relatos excepcionales, perturbadores, imperecederos, cuyas innovaciones estilísticas y profundidad estético-emocional, revitalizan la lengua, convulsionan su tiempo.

En el camino (On the Road, 1957), de Jack Kerouac (1922-1969) es una novela que encaja dentro de esta categoría: un relato perenne e iniciático que plasma el espíritu de los salvajes hipsters y desolados beat de los cincuentas, pero también de la contracultura y la movida hippie de los sesentas.  

Su trama es conocida de sobra: entre 1947 y 1950, el compasivo Sal Paradise (alter ego de Kerouac) y el desbocado Dean Moriarty (Neal Cassady, musa e ícono hipster) se embarcan en una serie de alucinantes viajes por las principales carreteras (el libro popularizaría la U.S. 66 o Ruta 66, la “carretera madre” que atraviesa el Medio Oeste norteamericano) y ciudades de los Estados Unidos (Nueva York, Denver, San Francisco, Los Ángeles, Nueva Orleans, Chicago), culminando su periplo en los pueblos y caminos de México.

Como muchos jóvenes antes que yo, leí En el camino durante mi adolescencia, época en la que devoré buena parte de las obras y autores clásicos de la literatura beat, la divina trinidad compuesta por William S. Burroughs (Padre), Jack Kerouac (Hijo) y Allen Ginsberg (Espíritu Santo), quienes junto con Charles Bukowski, acaso el más formidable de sus detractores, despertaron en mí el hábito tan excéntrico y malsano de la lectura.

En aquel entonces, soñaba con escribir y protagonizar historias como las que vivían Kerouac y compañía, o al menos, quería ser como los personajes de sus novelas. Me seducía de sobremanera la idea de convertirme en un outsider, ajeno a las ambiciones, sueños y valores del mundo adulto.

Quería vivir al margen, fuera del establishment. Quería ser un héroe decadente sumido en los excesos: alcohólico, criminal, sabio proscrito y trotamundos, rebelde, drogadicto, amigo infame y traidor, amante de todas y de ninguna, idiota, perdedor. Quería ser beat, para acabar pronto.

Y es que al igual que su primo cercano el hipster, el genuino beat es eso, un  “místico existencialista”, un “psicópata filosófico”, a decir de Norman Mailer (El negro blanco, 1957), que en virtud de sus innumerables vicios y pecados, de su desesperación profunda, de su deseo agónico por vivir intensamente, está más cerca de la santidad que el hombre virtuoso o de fe.

Este es el caso de Dean Moriarty, un “Idiota sagrado” que “posee el secreto que todos nos esforzamos en buscar”, “un pariente occidental del sol”, cuyo ímpetu e inquietudes existenciales reflejaban a la juventud rebelde, inconforme y maltrecha (“beat down”) de su época. De ahí que, a menudo, Kerouac lo describa como dotado o movido por una fuerza sobrehumana, aniquiladora, seráfica y demoniaca a la vez:

Tuve de pronto la visión de Dean, como un ángel ardiente y tembloroso y terrible que palpitaba hacia mi a través de la carretera, acercándose como una nube, a enorme velocidad, persiguiéndome por la pradera como el Mensajero de la Muerte […] Vi su cara extendiéndose en las llanuras, un rostro que expresaba una determinación férrea, loca, y los ojos soltando chispas; vi sus alas, vi su destartalado coche saltando chispas y llamas por todas partes […] Era como la ira dirigiéndose al Oeste.

Si bien el propio Neal Cassady jamás se sintió del todo a gusto con su retrato novelesco(años más tarde aparecería en Visiones de Cody del propio Kerouac y en Ponche de ácido lisérgico de Tom Wolfe), lo cierto es que las andanzas y los excesos de la mancuerna conformada por Paradise-Moriarty no podrían entenderse sin la tensión místico-religiosa que atraviesa la novela.

A la distancia, En el camino se me revela como una oda acerca de la complicidad y amor filial entre varones, un ejercicio de estilo desaforado y estridente (Kerouac solía decir que la prosa “jazzística” y “espontánea” con la que había escrito sus mejores libros eran un mismo párrafo-poesía), el cual llega a su clímax durante sus últimas páginas, cuando ambos amigos atraviesan México, en medio de orgías, drogas y experiencias beatíficas, es decir, beat:

Tuve que hacer grandes esfuerzos para ver la imagen de Dean entre una mirada de radiaciones celestiales. Me pareció que era Dios. La sola idea de contemplar México a través de la ventanilla […] era como retirarse de la contemplación de un tesoro resplandeciente que se teme mirar porque contiene demasiadas riquezas y tesoros como para que los ojos, vueltos hacia dentro, puedan verlo de una sola vez. Me sobresalté. Vi ríos de oro cayendo desde el cielo que atravesaban con toda facilidad el techo del pobre coche y se introducían en mi interior; había oro por todas partes.

Sí. México fue la tierra prometida, el Paraíso y también el infierno de los escritores beat; “el dorado mundo de donde procedía Jesús”, en palabras del joven Sal Paradise. Hoy, por cierto, el título y el contenido de En el camino, también me son menos oscuros que hace quince años; tanto Dean Moriarty como Sal Paradise fueron “dos jóvenes católicos” (dixit Jack Kerouac, Big sur, 1962), en busca de la comunión con Dios o Beatitud. Y la encontraron a su paso por las carreteras, la encontraron aquí, en México, hace más de sesenta años.

Podemos hacer un sin fin de comentarios acerca de esa Biblia beat que es En el camino y de su más lúcido profeta, Jack Kerouac; pero para el adolescente atribulado que alguna vez fui, como para el adulto atribulado que sigo siendo hoy, su principal lección sigue siendo la misma: si lo que se quiere es llegar a ser libre es necesario ponerse en movimiento, emprender el viaje, con lo mínimo y sin peso extra (dinero, posesiones, trabajos, compromisos).

Hay que labrarse un camino y atreverse a rodar por la carretera, no importa a dónde ni cómo. “La carreta es la vida”, dejo escrito Sal Paradise. Y como él, yo también pienso en Dean Moriarty, yo también hago míassus palabras: “¿Cuál es tu camino, tío?: camino de santo, camino de loco, camino de arco iris, camino de lo que sea. Un camino a cualquier parte y de cualquier modo”.

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A propósito de G.G. Allin y el punk escatológico

Este 29 de Agosto se estará cumpliendo el natalicio cincuenta y seis del gran master G.G. Allin, razón que me obliga a compartir con la mierdera comunidad blogera algunas reflexiones de carácter excrementicio-escatológico.

Digressio I.

Los rollos de papel higiénicos son aberrantes porque multiplican la pobreza de los hombres.La frase, absurda, delirante, quizá tenga algún sentido. Intentaré explicarme.

En su famoso ensayo sobre el caso clínico del aristócrata ruso Sergei Pankejeff,“el hombre de los lobos”, Freud escribía que “el psicoanalista está acostumbrado a retraer el interés respecto al dinero –allí donde el interés es de naturaleza libidinosa y no de naturaleza racional- al placer excrementicio”. (De la historia de una neurosis infantil, Obras completas, Vol. 17, Buenos Aíres.Amorrortu Editores, p. 24.).

Es sabido que el médico vienés se jactaba de cómo el psicoanálisis había liberado a esa “materia vil”, a ese “residuo de tierra” llamado mierda, por tanto tiempo retenida en las cavernas de la ciencias humanas, al delinear lo que se conoce como el “carácter anal”, cuyos rasgos más característicos son la compulsión por el aseo, el orden, la autosatisfacción y la obsesión por el dinero:

Los niños, en efecto, están orgullosos de sus propias defecaciones y las utilizan para afirmarse a sí mismos frente a los adultos. Bajo la presión de la educación, las tendencias coprófilas del niño ceden paulatinamente a la represión, de modo que aprende a sentir vergüenza y desagrado [...] El interés, que hasta ese momento iba dirigido a los excrementos, se desplaza hacia otros objetos, por ejemplo, hacia el dinero, que, como es obvio, adquirirá significado para el niño más adelante. (John Gregory Bourke, Escatología y civilización, prólogo de Sigmund Freud, Barcelona; Círculo Latino Editorial, 2005, p. 9).

 Una de las principales manifestaciones de este desplazamiento es el comportamiento irracional y obsesivo por el dinero. Así, para Freud, la “forma originaria” de la propiedad no es otra que la “forma anal”.

La función  freudiana de la mierda es la siguiente:

Riquezas/propiedad/poder = Acumulación/gusto por las heces.

Un “sujeto de carácter anal” (y aquí no nos referimos a todos los maricones que gustan de los bombeos prostáticos) se empeñará entonces de marcar/defecar a los otros a través de la ostentación de su dinero/poder.

Luego, la consecuencia es obvia: la mercancía-fetiche del trabajo alienado de la que habla Marx en el capítulo I del El Capital, representa la gran mierda por excelencia; el dispositivo de deseo (porque todos deseamos tener algo de caquita caliente y blanda en nuestros manos) y sujeción económico-ideológico mediante el cual la clase hegemónica de capitalistas y empresarios, esa estirpe limpia, ordenada, vanidosa, linda, y con un fuerte sentido de la propiedad, fecaliza al mundo.

Ahora bien, no se necesita ser un gran hombre de dinero para ser un cagón indeseable. ¿Cuántos de nosotros no somos asediados cotidianamente por esos culeros de “carácter anal” que acostumbran embarrarnos en las narices sus pequeñas posesiones? Autos, casas, joyas, ropa, mujeres, hijos, familia, conocimientos, sueños, éxitos. Todo el tiempo están allí, los culeros anales, marcando su territorio, ufanándose de sus logros, cagándonos con sus posesiones. Yo mismo, incluso, estoy embarrándoles con pura mierda –retórica- en estos momentos.

Las redes sociales no escapan a la lógica pedorra del capital: un gigantesco catálogo de egos anónimos, profundos y huecos como culos dilatados esperando por ser satisfechos, en donde cada internauta, mejor dicho, cada consumidor culero, presume y excreta lo poco que posee a los otros en busca de un poco de reconocimiento.

Concluyo: un gran hombre o mujer no es aquel que atasca su vida de dinero y cosas valiosas, sino aquel que por las mañanas se esmera por dejar un pedazo de “materia vil” entre sus nalgas. 

 

FIL DE OAXACA 2011

En calidad de todo un profesional del periodismo escrito, quien esto postea tuvo la oportunidad de cubrir la XXXI Feria Internacional del Libro de Oaxaca 2011, cortesía de la revista CinePremiere.

Aquí la liga con la crónica (llena de color y excesos) de lo acontecido y publicada por los cuates de Replicante:

http://revistareplicante.com/apuntes-y-cronicas/la-noche-avanza/

CALLE VACÍA

Una calle vacía y el Mercado 20 de Noviembre, al amanecer y tras una noche de mezcal.

CUADERNOS DE PERIODISMO GONZO

Ya está en librerías (de venta en Gandhi, el Sótano y Educal) el número cero de los Cuadernos de Periodismo Gonzo, coordinado por J. M. Servín, Bibiana Camacho, René Velázquez de León y Cato, el perro maravilla.

En esta primera gonzo-entrega encontramos una variopinta compilación de artículos y reportajes de alto octanaje periodístico-narrativo; textos polémicos y a contracorriente,  lúbricos y disparatados, de mal gusto, subjetivos.

David Lida, Miguel Ángel Chávez Díaz de León, Alfonso Morcillo, Fernando Urias, Daniela Rea, entre otros excéntricos personajes y demás gente sin futuro (un servidor entre ellos) escriben para este primer número.

Cuaderno 0

Felicitaciones a los coordinadores de esta publicación por tan profesional y cuidadosa edición.

TAMBIÉN EL CADÁVER VIVE

Un cadáver no es nada, pero ese objeto, ese cadáver, está marcado ya de entrada por el signo de la Nada.

George Bataille. El erotismo.

Tendida sobre la plancha metálica, pálida y fría como piedra de alabastro, el cadáver de la mujer esboza una sonrisa leve y serena; casi inerte y remota, pues como todo muerto no está realmente presente ni tampoco ausente, aquél cuerpo sin vida de mejillas límpidas no deja de ser macabro.

Víctima de un derrame cerebral, no lleva más de 24 horas muerta y ya su cuerpo presenta las primeras huellas de la degradación a la que está condenada toda materia orgánica: la carne desnuda luce marchita e inflamada por los gases y fluidos en descomposición, las extremidades, nalgas y dorso están tiesos y amoratados.

Se le aplica una inyección de formaldehido para evitar que continúe la descomposición de tejidos y vasos sanguíneos de su cuerpo; la nariz y orejas, que hasta hace unos momentos goteaban finos hilos de sangre son limpiados y bien rellenados con algodón, al igual que sus demás cavidades.  Luego, es vestida y calzada con traje, calcetas y zapatillas blancas. El rostro es maquillado y el cabello, corto y crespo, bien peinado. “Buscamos que queden como si estuvieran durmiendo”, advierten los encargados de su arreglo estético.

Cualquier rastro del horror, dolor o violencia que haya experimentado al morir es borrado de su cuerpo.  Finalmente, sosegada y embellecida, la mujer está lista para lanzarse a ese sueño eterno que llamamos muerte. El autor de esta insólita transformación es Ignacio Escamilla, embalsamador.

26julio2009 022

 

Vocación y oficio de un embalsamador

Ignacio Escamilla es un embalsamador. A su corta edad (tiene 21 años) lleva más de dos años ejerciendo el oficio en el área de preservaciones o “embalsamadora” de una conocida agencia funeraria del Estado de México, famosa por la enorme estatua de un Cristo, visible desde la carretera México-Querétaro.

A la fecha, Ignacio o “Nachito, el embalsamador”, como es conocido dentro del medio funerario  ha tenido la nada envidiable oportunidad de “trabajar” con más de 850 cadáveres. Su trabajo lo obliga a literalmente vivir rodeado de personas muertas, a convivir día a día con la muerte. Trabaja cinco días a la semana en el turno nocturno, que va de 10 de la noche a 6 de la mañana, y prepara entre 20 y 25 cuerpos por semana, regularmente.

Oficio y vocación, en apariencia lúgubre y desagradable, la preservación y restauración  de cadáveres es en realidad “un trabajo como cualquier otro, una actividad de lo más normal”, pero que a diferencia de otros exige un estómago y nervios de acero, además de contar con la disposición para nunca “perder la capacidad de asombro”, afirma Escamilla.

Allí,  con la mueca vigilante e imperturbable del cadáver femenino recién preparado, en medio de las planchas de acero metálico, respirando el aroma del formaldehido o “formol” (compuesto indispensable que se utiliza para detener el proceso de descomposición del cadáver) que flota en el ambiente, Ignacio ofreció su singular testimonio.

-     ¿Cómo describirías el rostro de la muerte?

-     Con dolor. Un cuerpo siempre va a reaccionar distinto a la muerte, pero para todos es inesperada. Nadie espera la muerte, ahora sí que sorprende. La muerte además tiene cierto aroma,  es un olor diferente a cualquier cosa. Todo cuerpo muerto tiene además su propio olor,  muy penetrante, muy fétido.

-     ¿Y entonces por qué elegir dedicarte a este oficio?

-     Es algo que ya se trae en la sangre.  A mucha gente se le hace extraño que te dediques a este trabajo, se asombran.  No dudo que mucha gente trabaje por necesidad, pero al menos yo lo hago por gusto. Se me hace algo muy interesante y me gusta. Desde niño ya lo traía, cuando me preguntaban que a qué pensaba dedicarme yo respondía que quería trabajar con cadáveres.

-     ¿Qué estudios o conocimientos se requieren para ser un embalsamador?

-     Pues de preferencia un título en medicina forense. Pero esto es más bien de técnicas, ahora sí que vas aprendiendo sobre la marcha, y más que nada es conocimiento en anatomía lo que se ocupa para las preparaciones.

-     ¿Es bien redituado el oficio?

-     Sí, es bien pagado. Aunque el costo de la preparación de un cuerpo regularmente lo determina la funeraria y no el embalsamador. Más allá de la paga, mi trabajo lo hago con mucho gusto, me enorgullece. Yo he trabajado cuerpos de bebés, niños, jóvenes, adultos, señores de la tercera de edad. He trabajado cuerpos baleados, quemados, mutilados, decapitados, con patologías de cáncer, SIDA, infarto. En este oficio nunca pierdes la capacidad de asombro.

26julio2009 020

Embalsamar un cadáver: negación del devenir natural del cuerpo

El insólito devenir del organismo vivo de una persona hacia el estado de cadáver es más que un fenómeno de la naturaleza. El cadáver -como la muerte- pertenece a la cultura,  es una construcción simbólica.

El hombre niega el devenir natural de su cuerpo y asimila la muerte por medio de diversas prácticas religiosas y rituales, experimenta la agobiante sensación del duelo, preserva y restaura a sus muertos, los entierra y ofrece santa sepultura,  los recuerda y les rinde tributo en cementerios e iglesias.

A la base de todas estas actividades se encuentra, sin duda, el  horror, asco y náusea primigenia que experimentamos ante el vacío de la muerte, sensación vertiginosa que desencadena la típica repulsión hacia la carne putrefacta o en pleno proceso descomposición.

“El cadáver,  que sucede al hombre vivo, ya no es nada; por ello ya no es nada tangible lo que objetivamente nos da náuseas; nuestro sentimiento es el de un vacío, y lo experimentamos desfalleciendo”, escribe George Bataille a propósito de este fenómeno en su ensayo de El erotismo.

En efecto, el cadáver nos horroriza y repugna  más que por su apariencia, por lo que significa: el triunfo de la náusea y la purulencia de la vida.  Contemplar un cuerpo muerto es mirar nuestro reflejo, lo que algún día seremos. El cadáver nos hace desfallecer porque es el espejo de nuestro inminente destino.

Es quizá por esto que el ser humano elige trascender la condición natural que su esencia terrenal, finita y temporal le impone: el horrendo destino de morir insepulto,  arrojado a la voracidad de la naturaleza, de los insectos necrófagos y animales carroñeros.

Sin duda, la preservación, restauración y embalsamamiento del cuerpo muerto, práctica milenaria que aparece en la civilización humana con los babilonios y los egipcios, responde a estos temores. El método que práctica Escamilla es el siguiente:

-     ¿Explícanos en qué consiste el proceso de embalsamar o preservar un cadáver?

-     En un cuerpo íntegro se maneja así: se asea el cuerpo, se aplica una inyección intraarterial que puede ser femoral o en la arteria carótida, se inyecta un químico que fija el tejido, formaldehido, comúnmente conocido como formol. Con esa inyección se le quita el aspecto cadavérico y el rictus del dolor. Luego,  con un masaje se le quita la cianosis (amoratamiento) de la cara. Por ejemplo, en un infarto o cuando duraron mucho tiempo enfermos se les quita ese aspecto amoratado (cianosis),  el cual se da por la falta de oxígeno. Después de esa inyección viene el drenado del cuerpo, que en este ámbito se conoce como “troquear”, se le extraen líquidos y toda clase de fluidos como materia fecal, restos de comida y la gasificación de la cavidad peritoneal. Hay cuerpos que les puedes sacar ya entre líquidos y fluidos hasta cuatro litros. Por último, mis compañeros Silvia Simón y Miguel Manilla, ya en el área de estética,  realizan el taponamiento de cavidades, de garganta, nariz, más que nada para evitar que sangren. Luego se le da su arreglo estético que consiste en vestirlo, maquillarlo y peinarlo.

-     ¿Cuánto tiempo,  aproximadamente, tarda todo este proceso?

-     En cuerpos íntegros de 30 a 40-45 minutos. En cuerpos legales como 1 hora o dos. 

-     ¿Qué es un cuerpo legal y uno íntegro y qué diferencia hay?

-     Un cuerpo legal es aquél que ya trae necropsia hecha y que va estudiado por el Servicio Médico Forense (SEMEFO). Se les llama así porque pasan por un proceso legal, en el cual se sigue un caso jurídico por muerte no natural, como asesinatos, suicidios, accidentes automovilísticos o que simplemente se ignora la causa de la defunción y se tiene que hacer una necropsia. En los cuerpos íntegros, que comúnmente mueren en domicilio, en hospitales o por causas patológicas, sólo les realizamos su inyección, su drenado, taponeado de cavidades, maquillaje y peinado. Es indispensable la  copia del certificado de defunción para poder trabajar, saber qué edad tenía cuando murió, cuánto tiempo lleva de fallecido, y lo más importante, la patología, porque en base a eso es el proceso de preparación que vamos a hacer nosotros.

-     ¿Y a los cuerpos legales qué les haces?

-     Los cuerpos legales sólo se evisceran. Cuando nos llegan aquí quitamos los puntos de sutura, sacamos otra vez los órganos internos, los fijamos en el componente (formol) y otra vez se vuelven a ingresar al cuerpo. Se cose nuevamente (el cadáver) para que lleven una mejor presentación y se le hace su lavado de cráneo.

-     ¿Es cierto, que cuando se saca el cerebro del cráneo ya no vuelve a recolocarse en la cabeza? 

-     Sí, es cierto. La masa encefálica es muy gelatinosa, por así decirlo. Por lo complicado de manejarla se coloca dentro de la cavidad toráxica.

 26julio2009 019

El arte de “embellecer” un muerto

Si la vida, ese estallido vigoroso de movimiento, salud y voluptuosidad se opone radicalmente a la putridez,  fetidez y pasividad del cadáver como piensa Bataille, entonces no resulta del todo increíble el hecho de que en algunas culturas la preservación del cuerpo de una persona adquiera tintes casi siniestros.

Un par de ejemplos más que elocuentes: en la tradición judaica hubo épocas en que el agua que se utilizaba para limpiar los restos de sangre y excremento del muerto tenía que ser bebida por los familiares;  en Pinotepa, Oaxaca,  a los niños muertos los sientan y les abren los ojos con palillos para que observen a los asistentes de su propio funeral.

Pero independientemente de la religión o ritual mortuorio que se practique,  la corporalidad de la persona que se ha ido, ya sea velado a ataúd abierto, enterrado, cremado o hasta disecado como adorno en la sala de la casa, pasa por algún proceso de preservación o embalsamamiento previo.

Y aunque existen muchos métodos aparte del practicado por Escamilla, el propósito siempre es el mismo: borrar cualquier huella de violencia y dolor que la muerte deja en el cuerpo del fallecido. Todavía más importante es poder conservar, en la medida de lo posible, la identidad e integridad del cuerpo para que sus deudos tengan la oportunidad de despedirse apropiadamente.

Por eso al muerto se le viste con las mejores ropas que usaba en vida, se le adorna con sus joyas (sí es que tiene), se le maquilla y perfuma, para que adquiera la mejor apariencia posible.  Aún en la muerte al cuerpo también se le embellece, quizá porque como pensaba Parménides,  también el cadáver tiene vida.

-     ¿Cuál es tu finalidad como embalsamador?

-     Evitar la descomposición del cuerpo. Dentro de mis posibilidades también hago pequeñas restauraciones faciales,  en muertes ya trágicas, como accidentes o suicidios. Por ejemplo, en un traumatismo craneoencefálico es imposible saber cómo era la persona en cuestiones de rasgos faciales, pero ahí le vas dando forma al cráneo y mandíbulas, te vas imaginando cómo era.

-          ¿Tú definirías tu trabajo como algo artístico?

-          Claro, el embalsamar es todo un arte. El cadáver es  como una hoja en blanco en el que tú tienes que plasmar tu trabajo. Pero ese trabajo no es para ti, ni para el cuerpo mismo, es para los familiares. Tenemos como misión darles el mejor aspecto posible, dejar los cuerpos como si estuvieran dormidos para que cuando los familiares los vean se vayan con la mejor imagen posible de su familiar.

-          ¿Qué material utilizas para las restauraciones?

-          Tenemos látex, que es el material más usado. Se limpia el rostro, se fija el tejido y hacemos la restauración con látex, después sacamos los cuerpos al área de estética, donde se encargan de darles maquillaje, vestido y peinado.  

-           ¿Qué trabajo de restauración recuerdas más?

-          Tengo muy presente un caso de tres cuerpos legales, tres ejecutados que hasta salieron en el Alarma!.  Es interesante saber qué cuerpos, que a lo mejor murieron ejecutados o en un accidente te tocan a ti, y dices órale, este cuerpo yo lo trabajé. En el caso de estos tres, por el rato que tenían de fallecidos  los familiares no querían verlos y el ataúd iba a quedar cerrado.  Tuve tres horas para trabajarlos, un cuerpo  por hora. Los servicios quedaron tan bien que pidieron un día más de velación con ataúd abierto. Otro que me tocó fue preparar a un integrante de la Sonora Santanera que falleció ya hace como un año. 

-          En el libro  Cultura del Apocalipsis, de Adam Parfrey, hay una entrevista con Karen Greenlee, mejor conocida como la “necrófila impenitente”. Esta mujer siempre trabajó en agencias funerarias como embalsamadora y advierte que prácticamente todos los que se dedican a este oficio de alguna u otra forma están fascinados con los cadáveres, muchos como ella, llegan incluso al grado de erotizarse con ellos. En tu caso,  ¿nunca te has sentido tentado ante la “belleza” y resultado final de uno de tus trabajos?

-          Esa es una pregunta que me hacen mucho, por morbosos. La gente es muy morbosa, pero no conozco a nadie que haya hecho eso. Aquí respetamos mucho la integridad de los cuerpos, desde el hecho  de tapar los genitales del cuerpo cuando están desnudos y estamos trabajando.  Estamos trabajando con personas, que aunque al final de cuentas están muertas,  no por ello dejan de ser personas.  

(Publicado en Revista Nuevo Alarma!, No.  964. Fotos: Jessica “la necrófila impenitente” Carrillo)

Vodka, cocaína y sesos hirvientes

 Un hombre cuando está ebrio es conducido  por un niño imberbe y va dando tumbos, sin saber por dónde va porque su alma está húmeda.

Heráclito Fr. 117 

Un bombardeo de luces y gritos inunda al atos blanco que circula lenta y despreocupadamente por el cruce de Zacatecas y Monterrey. El conductor de un neón negro que viene a toda velocidad por el eje vial alcanza a divisar el rodar frenético del atos pero es incapaz de frenar a tiempo y se estampa de frente contra éste.

 ¡CRAAAAAASH!

Aunque el Efebo y el conductor del neón trataron de esquivarse mutuamente y frenaron con toda su fuerza, la velocidad y la inercia de sus trayectorias los hicieron colisionarse fatalmente. El Neón va a dar contra los cables tensores y un poste de electricidad en la esquina de Zacatecas.

 ¡CRASH!  Todo el cuerpo de su tripulante se encuentra aplastado por los gruesos y letales fierros del bólido; mientras que el diminuto atos blanco queda a media avenida totalmente desmadrado.

Ambos autos humean, levantando una canícula de muerte en el asfalto. Efebo está inconsciente. Su cabeza está recargada sobre el volante del auto. De su cráneo emergen un par de riachuelos de sangre que recorren su frente. Su nariz está rota y sangra por ambos poros. Sus piernas, que lucen replegadas sobre su abdomen y aplastadas por el capote del carro, se han fracturado a la altura de los tobillos, la tibia y el peroné. Las manos, que sostenían firmemente el volante, se han quebrado a la altura de las muñecas. La cadera, el esternón y las cervicales también se han desquebrajado. El volante que salió como disparado desde el fondo de la estructura del carro lo golpeó violentamente. Efebo necesitará varios meses de rehabilitación sí es que sobrevive.

 Karlo Rent todavía en el asiento trasero, se levanta gimiendo y quejándose: “Ahhhggg… no mamen… Ahhhggg…”. El Pintor no se ve por ninguna parte y al mover a Efebo se da cuenta que éste no responde. Sólo cuando sale a trompicones del pequeño auto compacto puede ver entonces la escena completa: el capote, el motor y la maquinaria están triturados por completo; algunas partes se hayan regadas por la acera, como la puerta retorcida del piloto a unos cuantos metros de él. Una fina y crujiente escarcha de vidrios cubre las esquinas de Monterrey y Zacatecas.

El Pintor está tendido sobre el asfalto con las manos y piernas rotas. Salió volando rompiendo el parabrisas al momento del choque. Su robusto cuerpo y panza chelera rebotaron contra el capote del neón, para luego ser arrojado por éste a los aires. El cráneo y rostro moreno se arrastró a lo largo de un par de metros antes de detenerse por completo. La piel desprendida del cráneo, el rostro y los globos oculares, desparramados y adheridos al asfalto, resumen la trayectoria macabra del cuerpo del Pintor.

Un charco de sangre, espeso y de una tonalidad casi púrpura, moteado con pedazos de sesos hirvientes, rodea su cabeza como una aureola diabólica. Todo su cadáver desprende un fulgor y luminiscencia plástica que sólo la claridad de una noche fría y estrellada puede otorgar. Un final trágico y perfecto para un gran artista, piensa Karlo Rent, conmovido ante el cuadro de pesadilla que contempla. Karlo comienza a sentir un fuerte dolor en el pecho y en el cuello. Al acercarse a Efebo, como suele llamarle el muy mamón, su instinto lo hace buscar inconscientemente los dos papelitos que le habían dado en el Bull. Pero no hay ni huellas de los mentados papelitos.

- Ahora sí que la cagaste Efebo – dice en voz baja junto a él. De pronto la mano del chico se abre como una ostra y deja caer las dos grapas. Una felicidad inmensa recorre su rostro.

“Al menos se salvaron un par de papelitos”, se dice a sí mismo el editor, que necesita alivianarse para enfrentar todo lo que vendrá después: los policías, los médicos, los juzgados, la identificación de cuerpos.  Rent se sienta en la acera de la esquina de Zacatecas junto al neón negro y sobre un pedazo de cristal que tomó de la escena del choque deposita un papelito completo. El otro lo guarda en su bolsillo para más adelante. Una montañita de coca lo ve de forma inquietante.

“¡Qué preciosa montañita de coca!”, exclama contento y victorioso. Luego, la inhala por completo. Su pulso se acelera rápidamente. El corazón parece salirse de su pecho. Se siente fresco y lúcido. Nunca había sentido un jalón tan placentero. El dolor en el pecho y cuello van desapareciendo por completo. Las sirenas de los policías suenan a lo lejos y Karlo se dispone a enfrentarlos.

¡CRASH!

*****

Llueve en la ciudad. Las llantas de mi diminuto auto coreano, de mediocre manufactura, se deslizan a lo largo de las polvorientas calles de la colonia Roma. Siempre he pensado que mi auto es como un pequeño huevo blanco, friéndose y balanceándose de un lado a otro a lo largo de un gigantesco sartén de teflón. Mientras conduzco a toda velocidad por la sartén, siento una incontenible necesidad de meterme unas líneas. Estoy nervioso y cansado y unas líneas de coca siempre me alivianan. Hoy he tenido un día por demás estresante, y cuando me pongo nervioso me da comezón en las pelotas. Mientras me rasco los huevos de una manera casi enfermiza, con mi mano derecha, la mano de las chaquetas, resuelvo virar a la derecha y dirigirme a la redacción Charles Bukowski.

Allí, en la redacción del vicio y el alcohol, siempre hay la oportunidad de esnifar gratuitamente algo de polvo blanco. Karlo Rent y su desquiciado grupo de colaboradores nunca salen de casa sin cargar algo de buena cocaína. Al bajar de mi auto y dirigirme a la redacción el vigilante me advierte que todos se han ido ya. Fiel a su costumbre, el poli no me permite la entrada, así que le lanzo una mirada llena de repulsión y desconfianza.

De nuevo en el huevo, conduzco hasta Insurgentes para luego dar vuelta a la derecha en la calle de Yucatán. Ahí, en el eje vial, a lado de otros tugurios de mala reputación, se localiza la segunda redacción de la revista: el Bull. Afuera del Bull, uno de los mafiosos que nos consigue la cocaína me saluda. Le dicen “el Confucio”, como el sabio y filósofo chino, mejor conocido por el vulgo por sus famosas sentencias y aforismos; pero éste otro, el que está delante de mí, no parece hacerle mucho honor a su mote. Su único parecido con Kung-Fu-Tsé, no es más que su cara amarilla y chata de chino. Le saludo indiferente con la mirada y entro al Bull que estalla en periódicas explosiones de carcajadas y gritos, música y copas. El lugar está atiborrado de borrachos. Justo a la entrada, en la primer mesa, están Karlo Rent y el grabador Philipp Pow, acompañados de un par de amigos suyos que lucen bastante intimidantes.

- ¡Efebo! – me saluda algún mamón con cerveza en mano.

 - ¡Maestro Ricardo! – gruñe Phillipp desde su esquina. Saludo cordialmente a la mesa y me siento por fin.

Al parecer uno de los acompañantes de Phillpp es su ex-novia, una mujer brava y de rostro hinchado a quien todavía no consigue olvidar. Según me cuentan, acaba de presentar sus más reciente libro: los espacios que nos ocupan. Aunque el único espacio que debería ocuparle es el de satisfacer en la cama a su pareja que se encuentra a su lado, y al que se le nota a kilómetros de distancia que le gusta que se la metan por el culo. Mis sospechas se ven confirmadas cuando instantes después se muestra necio en darle un beso en los labios a Rent. Interrumpo su manoseo y les pregunto que si no tienen un papelin, pero no me hacen caso. Karlo, con su voz de motorcito, se encuentra emitiendo su clásico discurso sobre la belleza del instante:

 - Ehhh… como le digo a mis alumnos… la belleza de la vida radica en ese salto al vacío, ese instante eterno de placer, que sólo puede lograr un acto plenamente contracultural…

Una, dos, tres, cuatro cubetas desaparecen antes nuestros ojos. Para la fortuna de todos en la mesa llega el Pintor y se dispara la quinta y la sexta ronda de chelas. Se sienta con nosotros, y como si fuera un sabio Buda oaxaqueño se percata de nuestra desesperación y nos ilumina a todos. Por debajo de la mesa me da una grapa y un popotito mientras vigila con mirada nerviosa las afueras del lugar. ¿Qué pitos se supone que haga yo con esto? ¿Inhalarla en el baño del Bull? No hay manera. Es un baño inmundo.

Se respira una tensión en el aire. Yo estoy nervioso. Rent está nervioso. Y hasta el Pintor que en sus momentos de mayor arrojo se mete líneas en cualquier mesa hoy luce retraído. Incluso el maricón de nuestra mesa tiene las nalgas alteradas. Como nadie quiere arriesgarse en el baño decidimos democráticamente movernos al Cocadonga. Nos vamos, pero no estoy seguro de haber pagado toda la cuenta. Lo siento por Philipp Pow, su ex y el acompañante maricón. Antes de salir compramos algo de cocaína al Confusio y los ojos de todos se lanzan como buitres sobre el par de grapas que nos da. En el camino Karlo Rent no deja de chillar y gritar como una esposa celosa e histérica.

- ¡Cuidado con el alto! ¡Cabrón, no mames te lo pasaste! – chilla Rent desde el asiento trasero.

- Detente ahí en la esquina – ordena el Pintor.

 - ¡No mames, como aquí! ¡Nos va a cachar la patrulla! –continúa gritando Rent.

Nos detenemos entre las calles de Colima y Córdoba y sacamos el material. En la guantera de mi auto hay un libro que se titula Noches de Cocaína, de J.G. Ballard. Haciéndole honor a su nombre, sobre su luminosa portada azul, vacío la grapa de coca y me dispongo a cortarla en tres largas y regordetas líneas. Con el popotito que me había dado el Pintor las succionamos por las narices. Un cosquilleo sube directamente hasta mi cerebro, recorriendo mi nariz y garganta. Siento un ligero adormecimiento en mis dientes, y sé de inmediato, que me pondré hasta el huevo.

- Siempre nos dan una mierda aquí. Vamos al Cocadonga. –comenta el Pintor.

Enciendo el auto. Prendo un cigarillo y conduzco hacia el Cocadonga. La iglesia de Puebla nos asalta a la vista. Mi boca tiene un sabor rancio por tanta cerveza y cigarro. Me pican los huevos y creo que no estoy en condiciones para estacionar bien mi coche.

El viejo puerco, Charles Bukowski, según la mente puerca del Pintor.

*****

- ¿Es ésa Elsa Medicci? – pregunta el Pintor.

 - No mames… Sí, sí es. –asiente Karlo y luego pregunta – ¿es ése Pancho Meyer?

- Sí, toda la banda fotógrafa del Centro de la Imagen se descolgó para el Cocadonga –contesto.

 - Mira ahí está el maestro Pedro Valdovinos. Voy a saludarlo. – comenta Rent.

 En efecto, el maestro Valdovinos está a dos mesas de la nuestra, junto a otros dos fotógrafos y a una mujer descaradamente buena. Es jueves de Cocadonga y toda la banda intelectual y fashion de la Roma y alrededores se encuentran aquí.

 - ¿Oye ahí está Gonzalo Torres, no?

- Sí, sí, ahí está. No lo había visto. –dice el pintor mientras levanta la mano y lo saluda – ¡Ey, Armando!

Una, dos, tres vodka con quina desaparecen frente a nuestros ojos en menos de diez minutos. Rent platica con Valdovinos sobre la Bienal de fotografía y luego va y saluda a medio mundo.

 - Sí, Ricardo… mis amigos… –musita débilmente el Pintor - Yo con mis amigos todo. Para mí mis amigos lo son todo. – sus manos adquieren autonomía y no dejan de moverse, mientras agrega consternado- ¡Qué Cocadonga ni nada! Aquí todos vienen a lucirse… Yo no le invito nadie más que a mis amigos.

- Sí, sí, te entiendo. – miento pues en realidad no le entiendo ni madres.

- ¿Dónde estará Guillermo? ¡Guille, Guille, Guille! Ya es  jueves y no está por aquí – chilla con aire desconsolado Rent, que ha vuelto después de saludar a un centenar de gente.

- ¿Oigan, ahí está el mamón de Damián Flores? – pregunto sin recibir respuesta alguna.

Yo pido un tonic, Rent un tequila; el pintor sigue con cerveza. La gente entra y sale de los baños del Cocadonga. Todos van a meterse líneas y los retretes de los baños son el lugar indicado para hacerlo. De pronto la estentórea y aguardientosa voz de Karlo Rent retumba en el salón:

- ¡Faaaada! –saluda Rent al tal Guillermo que ha llegado y nos saluda caballerosamente. Por ahí está uno de los Titán, al que no logro reconocer, pues todos se parecen, pero ahí es a donde va el tal Guillermo.

 - ¿Traen dinero? – pregunta Rent.

 - No mames… si tú ibas a invitar. –contesta el Pintor.

- Si yo puse la última allá, y compré la grapita…

El pintor mueve la cabeza. Yo pido otro vodka tonic. Uno tras otro se enfila al baño de hombres del Cocadonga. Rent hace lo propio y se mete también.

 - No te preocupes… La dueña es mi amiga. Hoy todo sale gratis. Ya sabes que yo con mis amigos… –continua recitando el Pintor su discurso acerca de la importancia de la amistad.

 Después de unos veinte minutos, Rent sale del baño y nos dice: – Ahí les deje unas líneas, vayan. El pintor va con presteza. Sale del sanitario con una sonrisa extraviada, observa el panorama y se detiene a platicar con el maestro Valdovinos que ya se marcha. Una granizada de fichas de domino se estrella en las mesas del Cocadonga, sus incompetentes meseros van y vienen, trayéndonos todo el alcohol que queramos. La pasarela de luminarias intelectuales condecci way of life no para y todos se exhiben, saludan y reconocen con hipócritas gestos de cortesía. Yo sigo con mi vodka contemplando el espectáculo y preguntándome que pitos hago aquí. Al cabo de unos minutos, el Pintor, borracho de carrera interminable, nos comenta:

- Ehhh… ¿Vamos por otras no? Ey, Karlo, ¿vamos por otras con el Confucio no?

- ¿Creo que ahí está Roger Villareal? No veo bien… – y luego mientras se acomoda sus lentes contesta débilmente- Sí, yo pongo cien pesos…

 - Eh, Ricardo, vamos por otras dos no… y ya unas chelas aquí y ya nos vamos, no.

No me lo dicen dos veces y salimos los tres tamborileando por la calle hasta subir al auto.

- Es mejor regresar al Cocadonga. En el Bull no puedes meterte líneas. Pinche lugar, está cabrón ya. Ahí mismo te acusan. – advierte el Pintor.

 - ¡Es asqueroso ese baño! –la voz de Rent se esparce por todo el interior del auto- Y con tanto ruido y música uno no puede meterse una línea decentemente. Ya ves a mí carnal el “rubio” le sacaron una lana, lo madrearon y hasta casi lo violan.

 - Vamos por un par de papelitos y regresamos al Cocadonga a metérnosla y ya cada quién a su casa… –sentencia finalmente Rent.

 - Espero que esta vez no nos den una mierda. – digo preocupado antes de marcharnos. Mientras conduzco en silencio pienso en lo fácil que resulta meterse unas líneas en este país. Cualquier miserable, cualquier pobre diablo como yo puede hacerlo.

Cuando llegamos y el mafioso cara de chino me entrega el par de papelitos, me percato de que estoy aquí por mera inercia y porque sencillamente mi vida no es muy interesante. Una serie de pensamientos autodestructivos inundan mi mente. Creo que al igual que Karlo y el Pintor, tan sólo quiero un pericazo más, uno más antes de irme a dormir tranquilo a mi casa.

Alcohol, cocaína, altas velocidades y un niño borracho al volante, una combincación letal, amiguitos.