Y el Señor Absoluto posó sus alas sobre Gaza

Yo sé que algunos colegas míos sufren hasta las lágrimas por la masacre de Palestinos en Gaza. Comparto su dolor, yo también llevo varios días apesadumbrado; no como, no bebo, no duermo, incluso, ando medio constipado, aterrorizado por tan infame genocidio. ¿Cuántos de nosotros, activistas pro Palestina de la red, no necesitaremos un buen supositorio en estos momentos para dejar de cacarear y soltar todas nuestras penas?

Recordemos, sin embargo, que para los esclavos la experiencia de La Muerte, el Señor Absoluto (Des Todes, Des Absoluten Herrn, a decir de Hegel) y la subyugación a manos de los señores,  garantiza en el última instancia su propia liberación. 

Los amos le han negado el goce (la alegría de la vida) a los esclavos, limitándose a gozar (mediante la explotación del esclavo) del mundo; en consecuencia, los amos no son libres ni independientes como los siervos, quienes en su marginalidad y esclavitud humillada lo transforman y lo padecen (el mundo). Los trabajos y los días, el reino y la cultura del mañana, es una tarea encaminada a desplegarse en la historia por los esclavos (Esto lo saben bien los judíos).

Lo dice Hegel, lo piratea Marx y lo demuestran los hechos: “La verdad de la consciencia señorial es, por tanto, la consciencia servil […] La servidumbre devendrá también, sin duda, al realizarse plenamente lo contrario de lo que de un modo inmediato es; retornará a sí como consciencia repelida sobre sí misma y se convertirá en verdadera independencia”. 

Así que no sufran amigos míos por el dolor y la muerte del pueblo palestino, recuerden que Alá, el verdadero Dios es grande y vengativo. Él les dará fuerzas, jamás los abandonará;  Él los guiará al reino de la libertad.

 ¡Allahu Ákbar! ¡Allahu Ákbar! ¡Allahu Ákbar!

P.D. Dejo un bonito popurrí visual que demuestran la manera en que retornará sobre Occidente toda la furia reprima de Alá y sus esclavos islamistas:

http://www.bestgore.com/beheading/islamic-beheadings-compilation-video/

El amor animal, en los tiempos de la Web

Un síntoma más de la decadencia nihilista de nuestra época es el desmesurado amor y cuidado que millones de seres humanos profesan a sus mascotas.
Una breve sumersión en esa miríada de imágenes gatunas y perrunas que inundan las redes sociales, la Web o la televisión, comprueban la obsesión cuasi-maniática, narcisista y pornográfica, de las zoo-ciedades electrónicas de hoy.
¿De verdad amamos a nuestras mascotas o más bien amamos su silencio, el incondicional y ciego cariño, su vil servidumbre y el reflejo que nos devuelven de nosotros? ¿Acaso no vemos en los mimos de los que son objeto una extensión de nuestras propias virtudes morales? ¿Cuántos hombres y mujeres no habrán de experimentar un goce indescriptible, una erección, una leve humedad en la entrepierna, cada vez que besan y acarician a sus amigos peludos?
Protesta en contra de los circos, de los toros, de las peleas de gallos, haz un elogio del vegetarianismo y los derechos animales (¿en qué momento se volvieron sujetos de derecho?), adopta un perrito, un conejo y un gatito y tendrás ganado el respeto de la porción “progresista” y “sofisticada” de la sociedad. He aquí una parte de la fórmula del buen ciudadano, del buen humanista de nuestra época.
Pero, ¿qué pensarán nuestras mascotas acerca del cariño imbécil que les profesamos? ¿les gustará que les pongamos trajes ridículos y nombres estúpidos y que los encerremos en minúsculos departamentos la mayor parte de su vida? ¿disfrutarán el hecho de que los castremos y reproduzcamos su imágenes ad infinitum para el deleite obsceno y sensual de las redes sociales?
Y así, cada vez más humanizados los animales, a los humanos no les queda otra más que bestializarse.

Postdata. Hace algunos años, el austriaco Ulrich Seidl exploraba este inquietante fenómeno (hoy magnificado gracias al boom de la Internet) en su película Amor Animal (Tierische Liebe, 1995). Comparto aquí la liga de su documental, subtitulado en inglés:

http://divxstream.net/zj2n6qxwdhli#

 

En el camino, una lectura a la distancia. Por: Ricardo Donato.

 Cada generación tiene su profeta, un guía o padre espiritual, cuya palabra y relato mítico-visionario condensa con exactitud las tribulaciones vitales de su tiempo. Pienso en lo que significó la lectura de obras como Las desventuras del joven Werther de Goethe para los románticos alemanes de finales del siglo XVIII o El extranjero de Camus para los existencialistas franceses durante y después de la Segunda Guerra Mundial, por citar un par de ejemplos. Estamos hablando de autores y relatos excepcionales, perturbadores, imperecederos, cuyas innovaciones estilísticas y profundidad estético-emocional, revitalizan la lengua, convulsionan su tiempo.

En el camino (On the Road, 1957), de Jack Kerouac (1922-1969) es una novela que encaja dentro de esta categoría: un relato perenne e iniciático que plasma el espíritu de los salvajes hipsters y desolados beat de los cincuentas, pero también de la contracultura y la movida hippie de los sesentas.  

Su trama es conocida de sobra: entre 1947 y 1950, el compasivo Sal Paradise (alter ego de Kerouac) y el desbocado Dean Moriarty (Neal Cassady, musa e ícono hipster) se embarcan en una serie de alucinantes viajes por las principales carreteras (el libro popularizaría la U.S. 66 o Ruta 66, la “carretera madre” que atraviesa el Medio Oeste norteamericano) y ciudades de los Estados Unidos (Nueva York, Denver, San Francisco, Los Ángeles, Nueva Orleans, Chicago), culminando su periplo en los pueblos y caminos de México.

Como muchos jóvenes antes que yo, leí En el camino durante mi adolescencia, época en la que devoré buena parte de las obras y autores clásicos de la literatura beat, la divina trinidad compuesta por William S. Burroughs (Padre), Jack Kerouac (Hijo) y Allen Ginsberg (Espíritu Santo), quienes junto con Charles Bukowski, acaso el más formidable de sus detractores, despertaron en mí el hábito tan excéntrico y malsano de la lectura.

En aquel entonces, soñaba con escribir y protagonizar historias como las que vivían Kerouac y compañía, o al menos, quería ser como los personajes de sus novelas. Me seducía de sobremanera la idea de convertirme en un outsider, ajeno a las ambiciones, sueños y valores del mundo adulto.

Quería vivir al margen, fuera del establishment. Quería ser un héroe decadente sumido en los excesos: alcohólico, criminal, sabio proscrito y trotamundos, rebelde, drogadicto, amigo infame y traidor, amante de todas y de ninguna, idiota, perdedor. Quería ser beat, para acabar pronto.

Y es que al igual que su primo cercano el hipster, el genuino beat es eso, un  “místico existencialista”, un “psicópata filosófico”, a decir de Norman Mailer (El negro blanco, 1957), que en virtud de sus innumerables vicios y pecados, de su desesperación profunda, de su deseo agónico por vivir intensamente, está más cerca de la santidad que el hombre virtuoso o de fe.

Este es el caso de Dean Moriarty, un “Idiota sagrado” que “posee el secreto que todos nos esforzamos en buscar”, “un pariente occidental del sol”, cuyo ímpetu e inquietudes existenciales reflejaban a la juventud rebelde, inconforme y maltrecha (“beat down”) de su época. De ahí que, a menudo, Kerouac lo describa como dotado o movido por una fuerza sobrehumana, aniquiladora, seráfica y demoniaca a la vez:

Tuve de pronto la visión de Dean, como un ángel ardiente y tembloroso y terrible que palpitaba hacia mi a través de la carretera, acercándose como una nube, a enorme velocidad, persiguiéndome por la pradera como el Mensajero de la Muerte […] Vi su cara extendiéndose en las llanuras, un rostro que expresaba una determinación férrea, loca, y los ojos soltando chispas; vi sus alas, vi su destartalado coche saltando chispas y llamas por todas partes […] Era como la ira dirigiéndose al Oeste.

Si bien el propio Neal Cassady jamás se sintió del todo a gusto con su retrato novelesco(años más tarde aparecería en Visiones de Cody del propio Kerouac y en Ponche de ácido lisérgico de Tom Wolfe), lo cierto es que las andanzas y los excesos de la mancuerna conformada por Paradise-Moriarty no podrían entenderse sin la tensión místico-religiosa que atraviesa la novela.

A la distancia, En el camino se me revela como una oda acerca de la complicidad y amor filial entre varones, un ejercicio de estilo desaforado y estridente (Kerouac solía decir que la prosa “jazzística” y “espontánea” con la que había escrito sus mejores libros eran un mismo párrafo-poesía), el cual llega a su clímax durante sus últimas páginas, cuando ambos amigos atraviesan México, en medio de orgías, drogas y experiencias beatíficas, es decir, beat:

Tuve que hacer grandes esfuerzos para ver la imagen de Dean entre una mirada de radiaciones celestiales. Me pareció que era Dios. La sola idea de contemplar México a través de la ventanilla […] era como retirarse de la contemplación de un tesoro resplandeciente que se teme mirar porque contiene demasiadas riquezas y tesoros como para que los ojos, vueltos hacia dentro, puedan verlo de una sola vez. Me sobresalté. Vi ríos de oro cayendo desde el cielo que atravesaban con toda facilidad el techo del pobre coche y se introducían en mi interior; había oro por todas partes.

Sí. México fue la tierra prometida, el Paraíso y también el infierno de los escritores beat; “el dorado mundo de donde procedía Jesús”, en palabras del joven Sal Paradise. Hoy, por cierto, el título y el contenido de En el camino, también me son menos oscuros que hace quince años; tanto Dean Moriarty como Sal Paradise fueron “dos jóvenes católicos” (dixit Jack Kerouac, Big sur, 1962), en busca de la comunión con Dios o Beatitud. Y la encontraron a su paso por las carreteras, la encontraron aquí, en México, hace más de sesenta años.

Podemos hacer un sin fin de comentarios acerca de esa Biblia beat que es En el camino y de su más lúcido profeta, Jack Kerouac; pero para el adolescente atribulado que alguna vez fui, como para el adulto atribulado que sigo siendo hoy, su principal lección sigue siendo la misma: si lo que se quiere es llegar a ser libre es necesario ponerse en movimiento, emprender el viaje, con lo mínimo y sin peso extra (dinero, posesiones, trabajos, compromisos).

Hay que labrarse un camino y atreverse a rodar por la carretera, no importa a dónde ni cómo. “La carreta es la vida”, dejo escrito Sal Paradise. Y como él, yo también pienso en Dean Moriarty, yo también hago míassus palabras: “¿Cuál es tu camino, tío?: camino de santo, camino de loco, camino de arco iris, camino de lo que sea. Un camino a cualquier parte y de cualquier modo”.

Imagen

A propósito de G.G. Allin y el punk escatológico

Este 29 de Agosto se estará cumpliendo el natalicio cincuenta y seis del gran master G.G. Allin, razón que me obliga a compartir con la mierdera comunidad blogera algunas reflexiones de carácter excrementicio-escatológico.

Digressio I.

Los rollos de papel higiénicos son aberrantes porque multiplican la pobreza de los hombres.La frase, absurda, delirante, quizá tenga algún sentido. Intentaré explicarme.

En su famoso ensayo sobre el caso clínico del aristócrata ruso Sergei Pankejeff,“el hombre de los lobos”, Freud escribía que “el psicoanalista está acostumbrado a retraer el interés respecto al dinero –allí donde el interés es de naturaleza libidinosa y no de naturaleza racional- al placer excrementicio”. (De la historia de una neurosis infantil, Obras completas, Vol. 17, Buenos Aíres.Amorrortu Editores, p. 24.).

Es sabido que el médico vienés se jactaba de cómo el psicoanálisis había liberado a esa “materia vil”, a ese “residuo de tierra” llamado mierda, por tanto tiempo retenida en las cavernas de la ciencias humanas, al delinear lo que se conoce como el “carácter anal”, cuyos rasgos más característicos son la compulsión por el aseo, el orden, la autosatisfacción y la obsesión por el dinero:

Los niños, en efecto, están orgullosos de sus propias defecaciones y las utilizan para afirmarse a sí mismos frente a los adultos. Bajo la presión de la educación, las tendencias coprófilas del niño ceden paulatinamente a la represión, de modo que aprende a sentir vergüenza y desagrado […] El interés, que hasta ese momento iba dirigido a los excrementos, se desplaza hacia otros objetos, por ejemplo, hacia el dinero, que, como es obvio, adquirirá significado para el niño más adelante. (John Gregory Bourke, Escatología y civilización, prólogo de Sigmund Freud, Barcelona; Círculo Latino Editorial, 2005, p. 9).

 Una de las principales manifestaciones de este desplazamiento es el comportamiento irracional y obsesivo por el dinero. Así, para Freud, la “forma originaria” de la propiedad no es otra que la “forma anal”.

La función  freudiana de la mierda es la siguiente:

Riquezas/propiedad/poder = Acumulación/gusto por las heces.

Un “sujeto de carácter anal” (y aquí no nos referimos a todos los maricones que gustan de los bombeos prostáticos) se empeñará entonces de marcar/defecar a los otros a través de la ostentación de su dinero/poder.

Luego, la consecuencia es obvia: la mercancía-fetiche del trabajo alienado de la que habla Marx en el capítulo I del El Capital, representa la gran mierda por excelencia; el dispositivo de deseo (porque todos deseamos tener algo de caquita caliente y blanda en nuestros manos) y sujeción económico-ideológico mediante el cual la clase hegemónica de capitalistas y empresarios, esa estirpe limpia, ordenada, vanidosa, linda, y con un fuerte sentido de la propiedad, fecaliza al mundo.

Ahora bien, no se necesita ser un gran hombre de dinero para ser un cagón indeseable. ¿Cuántos de nosotros no somos asediados cotidianamente por esos culeros de “carácter anal” que acostumbran embarrarnos en las narices sus pequeñas posesiones? Autos, casas, joyas, ropa, mujeres, hijos, familia, conocimientos, sueños, éxitos. Todo el tiempo están allí, los culeros anales, marcando su territorio, ufanándose de sus logros, cagándonos con sus posesiones. Yo mismo, incluso, estoy embarrándoles con pura mierda –retórica- en estos momentos.

Las redes sociales no escapan a la lógica pedorra del capital: un gigantesco catálogo de egos anónimos, profundos y huecos como culos dilatados esperando por ser satisfechos, en donde cada internauta, mejor dicho, cada consumidor culero, presume y excreta lo poco que posee a los otros en busca de un poco de reconocimiento.

Concluyo: un gran hombre o mujer no es aquel que atasca su vida de dinero y cosas valiosas, sino aquel que por las mañanas se esmera por dejar un pedazo de “materia vil” entre sus nalgas. 

FIL DE OAXACA 2011

En calidad de todo un profesional del periodismo escrito, quien esto postea tuvo la oportunidad de cubrir la XXXI Feria Internacional del Libro de Oaxaca 2011, cortesía de la revista CinePremiere.

Aquí la liga con la crónica (llena de color y excesos) de lo acontecido y publicada por los cuates de Replicante:

http://revistareplicante.com/apuntes-y-cronicas/la-noche-avanza/

CALLE VACÍA

Una calle vacía y el Mercado 20 de Noviembre, al amanecer y tras una noche de mezcal.

CUADERNOS DE PERIODISMO GONZO

Ya está en librerías (de venta en Gandhi, el Sótano y Educal) el número cero de los Cuadernos de Periodismo Gonzo, coordinado por J. M. Servín, Bibiana Camacho, René Velázquez de León y Cato, el perro maravilla.

En esta primera gonzo-entrega encontramos una variopinta compilación de artículos y reportajes de alto octanaje periodístico-narrativo; textos polémicos y a contracorriente,  lúbricos y disparatados, de mal gusto, subjetivos.

David Lida, Miguel Ángel Chávez Díaz de León, Alfonso Morcillo, Fernando Urias, Daniela Rea, entre otros excéntricos personajes y demás gente sin futuro (un servidor entre ellos) escriben para este primer número.

Cuaderno 0

Felicitaciones a los coordinadores de esta publicación por tan profesional y cuidadosa edición.