Todo está en penumbras. No puedo ver ni escuchar ni sentir nada, tan sólo el eco pausado de mis latidos. Mi cuerpo es una alfombra de carne deshilvanada y punzante despatarrada en el suelo. Llevo dos semanas en este pozo infernal de tres metros de diámetro y sólo Jesucristo de los huevos sabe cuántos de profundidad. Un jodido pozo donde no hay más que negritud, donde la luz apenas se filtra por unas cuantos minutos durante el día. Un pozo recubierto de cemento liso y resbaladizo que imposibilita mi escape. Un pozo tan frío como las nalgas de una mormona.
Cada día mis verdugos me arrojan un par de teleras de pan y una bolsas llenas de agua que, por lo general, explotan al caer o estrellarse en mis manos. A pesar de la homogénea oscuridad que me envuelve no he podido pegar pestaña en todo este tiempo. En mi cuerpo solo hay bilis verde y amarga, sangre y heces negras muy espesas y podridas. Ni las ratas ni las cucarachas, que al principio abundaban y cuidaban de mi insomnio, han soportado la mierda que segrega mi cuerpo. ¿O tal vez simplemente me las he comido? No lo sé. La realidad ha perdido su sólida consistencia de filete y se ha transformado en una gelatina convulsa, a punto de desaguarse como mi organismo y cordura entera.
La razón del por qué estoy aquí es tan sencilla como injusta y absurda. Fui, como muchos otros, apañado por las autoridades de Ciudad M debido al simple pecado de ser un entrañable y leal amigo del buen Baco. Desde hace algunos meses hay tolerancia cero a fumadores, alcohólicos y cualquier otra clase de drogadicto. “Trabajamos por su salud”, dice el conocido lema de las autoridades de Ciudad M.
Pronto los habitantes se enfrentaron a una cruel realidad: en Ciudad M como en ninguna otra parte del mundo hay tantos alcohólicos y junkies como especies de flores en el mundo. Los hay coloridos y exóticos cual tulipanes, venenosos y llenos de espinas amargas como la hiedra; los hay solitarios y de almas tristes como el jazmín chino, parlanchines y festivos como orquídeas tropicales; los hay danzantes y alegres como los girasoles, bellos y arrogantes cual narcisos mediterráneos; los hay furiosos y salvajes como las camelias japonesas, gigantes y pútridos como la amorphophallus titanum o “falo amorfo titánico” de Sumatra; los hay de estómago y resistencia insuperable como de nervios e intestinos irritables, frágiles y delicados cual violetas arriñonadas.
No obstante, sin importar el número, belleza o exoticidad de éstos y bajo el amparo de las medievales y apolíneas leyes de la ciudad, comenzó la gran purga. A cada uno se le impuso un castigo diferente, desde una simple multa y rehabilitación en AA o NA, hasta las penas más absurdas y severas como la lectura y memorización de las tres Críticas Kantianas (con especial énfasis en la Crítica de la Razón Práctica) a la cirrosis inducida por potentes fármacos a hijos, familiares y amigos. Todo dependía del tipo de exceso dionisíaco que se profesara y la forma y el método con que se desplegara.
(En el hipotético caso de que les apetezca leer el realato completo, favor de envíar un correo electrónico a mrbestia69@hotmail.com, o bien, si son de espíritu generoso, favor de abonar a este chico empobrecido, enfermo y limosnero unos cuantos pesos a la cuenta 1361974935. Ahora que, si son chicas y están buenas, tal vez podríamos llegar a un buen acuerdo).
Abril 10, 2009 a las 2:14 am |
luego me lo mandas completo vale!!!
Si, si ,si te estas pudriendo por dentro amor!!!!
BESOS