Ser (esse) es ser percibido (percipi)
George Berkeley
Han pasado unos cuantos minutos desde que, mis colegas y yo, salimos triunfantes del Comité Nacional de los Derechos Humanos. El ánimo y la algazara está por las nubes. El Juez de Paz Cervantes, Salvador Fuentes y mi chica, junto con un nutrido grupo de activistas, intelectuales y luchadores sociales, hemos logrado persuadir a diputados y senadores de la oposición para que voten en contra de la iniciativa de pena de muerte impulsada por el Partido en el poder. Victoria política sin precedentes en la historia reciente de Ciudad M, la cual nos apremia a celebrar hasta que nos dé el alba.
Un dato cultural: la eMe de Ciudad M es contingente. Su significado es arbitrario; desde hace un par de décadas los habitantes llegaron a la conclusión que debería ser así. Que las leyes e instituciones, los oficios y las prácticas cívicas, que todo eso que conocemos como imaginario colectivo debería definir su verdadero sentido.
Así, la eMe de Ciudad M, antaño la letra inicial de un país que ya no existe, remite en la actualidad a maligna y mamada, mentira y metralla, martillo y matanza. A veces alude a miedo y mafia, mordaza y mordida, mierda y maldita, marica y mendiga. Aunque por lo general para la mayoría de los habitantes simplemente significa morgue y muerte.
Un dato periodístico: últimamente se ha corrido el rumor sensacionalista en los medios de Ciudad M que no toda la carne que se consume en la ciudad y sus periferias es de origen animal. Es sabido que los chismes y especulaciones que circulan en los medios de la ciudad, siempre tan desmedidos y atroces, lamentablemente y por regla general, suelen ser ciertos.
Incluso aquellos rumores que han sido inventados para distraer a la población como el del pozole afrodisiaco o la banda de las monjas asesinas, a menudo abandonan la imaginación masturbatoria de los habitantes y se convierten en realidad, como si las entrañas de la urbe tuvieran la capacidad de alumbrar y proyectar nuestras peores pesadillas. Los más eminentes científicos e investigadores de lo paranormal han podido comprobar innumerables ocasiones esta extraña cualidad de la ciudad.
En vista del singular idealismo subjetivo e impredecible a la Berkeley que impera en Ciudad M, mis colegas y yo decidimos que lo más acertado es optar por el pescado crudo. Salvador Fuentes sugiere entonces ir a celebrar al Molusco Bar, restaurante y bar karaoke japonés de lo más trendy en el centro de Ciudad M, situado a unas cuantas cuadras de la sede del Comité.
Es relativamente temprano, apenas las nueve de la noche, por lo que decidimos ir a pie en vez de subirnos al auto. Grave error. No hemos recorrido ni un par de cuadras cuando dos pelones, ataviados con gabardinas negras, pantalones de milico y pistola en mano, nos cortan el paso. El grupo queda totalmente estoico, inmóvil, incapaz de decir o hacer nada ante la magnitud de los cañones con que nos apuntan.
- ¡QUIETOS, BOLA DE CABRONES! – grita uno de ellos.
Carajo. Y nosotros que hemos luchado ferozmente en el Comité de la capital por impedir la pena de muerte a narcos, secuestradores y violadores. ¿Qué no se dan cuenta que hemos defendido sus derechos ante la violencia del Estado, malditos pelones mal paridos?
Como esta es la tercera o la cuarta ocasión en el año que alguien me apunta con un arma me lo tomo con calma. Intento dialogar con ellos. Trato de ver el rostro de ambos maleantes pero la noche y su tez ennegrecida me lo impiden. Al principio creo que es un asalto. Tranquilos, tranquilos. Tomen todo lo que quieran, les digo en actitud muy cool.
Cuando les ofrezco las pocas posesiones que cargo conmigo, mi celular, mi anillo de compromiso y mi reloj de Mazinger Z se parten a carcajadas. Mi singular disposición ante el atraco es desdeñada por ese par de desgraciados, que con un fuerte manotazo, tiran por los suelos los tesoros personales que les ofrezco.
- ¡No queremos tus chingaderas! ¡PENDEJO! – dice el gorila más alto y prieto de ellos.
Después la cacha de su pistola se estrella en mi cráneo. Pierdo el equilibrio y caigo al suelo. Mi chica trata de ayudarme y se inicia un total alboroto. Todos pierden el control y entran en pánico. Hay jaleos, manotazos, empujones, golpes y sangre. El gorila corta cartucho.
(Ya saben, lo mismo de siempre, si quieren leerlo completo apiádense con su servidor)
Mayo 5, 2009 a las 8:45 am |
y de algo sirve….
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Mayo 6, 2009 a las 6:26 am |
espero tenerlo pronto en mi mail…
besos guapo!!!