¿Qué diría Lévinas?

¿Cuántas veces, parafraseando la frase de Ed Kemper, el “gigante asesino” de Sacramento, no hemos deseado ver la cabeza de nuestro vecino, del prójimo, pinchada en un palo?

No quisiera hacer ni remotamente juicios universales, pero al menos quien esto escribe, todo el tiempo. En especial cuando me piden limosna en las calles, me mientan la madre en el tráfico, me despiertan a medio día para venderme una tarjeta de crédito o dejan embarrada en el suelo la mierda de su perro. Tal vez tú, que me lees, seas mejor intencionado, o bien, alguno de estos necios.

Pero lo cierto es que la gran mayoría no descuartizamos ni fornicamos con la cabeza mutilada de nuestra vecina (como hizo el buen Ed) aunque en el fondo, me parece, lo deseamos secretamente.

¿Qué diría Lévinas al respecto?

En una serie de entrevistas realizadas por Philippe Nemo a Emmanuel Lévinas, editadas bajo el título Ética e infinito, el filósofo lituano nos ofrece algunas pistas del porqué los impulsos reprimidos de unos se transforman en la realidad cotidiana de otros. “En el rostro del otro –afirma- hay una pobreza esencial: Prueba de ello es que intentamos enmascarar esa pobreza dándonos poses, conteniéndonos. El rostro está expuesto, amenazado, como invitándonos a un acto de violencia. Al mismo tiempo, el rostro es lo que nos prohibe matar”.

En la epifanía del rostro del otro (ese otro que siempre es un infierno para Sartre) se combinan tanto nuestras más recónditas y brutales tentaciones como nuestra capacidad para elegir rechazarlas.

De ahí que Lévinas asegure más adelante que la máxima prohibición de la civilización Occidental es “No matarás”, y que incluso, pasando por alto éste imperativo “se pude matar al otro; la exigencia ética, no es una necesidad ontológica”.

Por eso la Ética, recalca a lo largo de ensayos como Totalidad e infinito; ensayo sobre la exterioridad y El humanismo del otro hombre, es anterior a la Ontología. La Ética es la filosofía primera.

Evidentemente, Ed Kemper nunca leyó a Lévinas. Como tampoco Lévinas se enteró de la existencia de Kemper. Pero aunque esto último hubiera sucedido, las reflexiones que arroja el pensamiento de Lévinas entorno a la ética y a la prohibición fundamental de destruir al otro, no son aplicables para tipos como Ed.

Entre 1964 y 1973, Edmund Emil Kemper se entregó a un frenesí de sangre: asesino, mutiló, descuartizó y fornicó con las cabezas, órganos y partes de los cadáveres de los aproximadamente diez seres vivos que se cargó, incluyendo guapas colegialas, sus dos abuelos maternos, su madre, y sí, hasta al condenado gato de la familia.

Finalmente, después de haber violado el cráneo de su madre (sin duda el verdadero objetivo de Kemper), se entregó a la policía voluntariamente y fue declarado culpable de ocho asesinatos en primer grado. Cuando le preguntaron qué castigo pensaba que merecía contestó cínicamente que “la muerte por tortura”.

Frente a tal hijo de puta hasta el pensamiento más puro, con todo el respeto que me merece el buen Emmanuel, es inservible. Sobre todo porque era plenamente consciente de sus actos. Veía el rostro del otro, contemplaba la discontinuidad que abría en el mundo, y con todo, le importaba un pito y decidía destrozarlo deliberadamente.

Su famosa frase (mal atribuida a Ed Gein en la película American Phsyco, basada en el libro homónimo de otro cabronazo de nuestros tiempos: Bret Easton Ellis) es muy clara al respecto: “Cuando veo a una chica bonita en la calle, un lado de mí dice: ‘que chica tan atractiva, me gustaría hablar con ella, tratarla bien, salir con ella’, pero otra parte de mí se pregunta cómo quedaría su cabeza pinchada en un palo”.

Tan simple como eso. Y ni las ideas más nobles y humanistas pueden contra este incontenible deseo. Siempre habrá un grandísimo canalla que decida joder todo. A veces hasta se inspiran en las ideas. Allí están los políticos, dictadores y caudillos. Uno de estos, por cierto, es el responsable del confinamiento de Lévinas de 1940 a 1945 en un campo de concentración, además del genocidio de seis millones de judíos, entre los que se encontraba la familia entera del filósofo.

¿De dónde salen todos estos tremendos hijos de puta? ¿Dónde se gestan y quién los alimenta? El materialista histórico culpa a las determinaciones socioculturales; el psicoterapeuta al abuso infantil; el moralista conservador a la alienación cultural y al derrumbamiento de todos los valores; el científico a una predisposición neurológica hacia la violencia; y el criminólogo afirma que todo lo anterior. Pero nada de esto explica satisfactoriamente tales actos.

Que a Kemper lo encerraban en un sótano de pequeño y por eso creció traumatizado y odiando a su madre, sí, ¿y? A otros los han violado metiéndoles un palo oxidado en el culo y no fueron capaces de matar ni una mosca.

Me parece que todo se reduce a la manera en que elegimos exorcizar nuestros demonios o, en palabras del filósofo, en como “el Deseo alimenta sus propias hambres y aumenta con su satisfacción; que el Deseo es como un pensamiento que piensa más de lo que piensa”.

Algunos hacen filosofía y otros arte, algunos escalan el Everest o buscan a Dios, y otros, bueno, engullen y descuartizan al vecino. Y esta es también, al menos en el caso de Edmund, una elección ética.

Pero ese Deseo, a decir de Lévinas, deseo de traspasar nuestros límites, de conquistar, de someter, de violentar al otro, de regodearse en la sensación del poder, sigue ahí y persiste hasta al final, como una sanguijuela que te chupa por dentro.

Ya sea escalando la montaña más alta del mundo, cogiéndote a la mujer más buena o bañándote con la sangre del prójimo, nunca nada es suficiente para satisfacerlo. Y al final sucumbes a él; engullido, drenado, vacío.

En esto, quizá, sea en lo que coinciden Ed Kemper y una multitud de “malvados” artistas y escritores: en el Deseo insano por lo abyecto; en lo otro que horroriza y hace gozar al mismo tiempo; en el sadismo secreto que implica contemplar el exterminio del mundo.

La diferencia estriba en que en esta sucia perversión, en este desprecio total del mundo, el primero que se lanza al abismo y a la muerte es uno mismo. Esto me gusta de ciertos escritores, artistas y creadores, a saber, que en su absoluta falta de compromiso con los ideales de conservación y bienestar de la masa, son capaces, al mismo tiempo, de crear por sí solos un punto de vista propio aun a costa de su propia vida.

Ciertamente los Kemper del mundo seguirán existiendo, aterrorizando y jodiendo al otro. Es algo inevitable. En cuanto a mí, tan sólo me queda la esperanza de no ceder nunca al impulso de pinchar las cabezas de mis latosos contemporáneos en un palo. Pero carajo, qué difícil se hace a veces.

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