Rich against the philosophers # 2

En el apogeo de la contrailustración romántica germana del siglo XVIII, el filósofo y poeta Friedrich Schlegel escribió: “Piensa un ser finito creado para lo infinito y entonces pensarás al hombre”.

Sí hay algo que nos une y nos hermanda es el hecho innegable de que, aunque estemos sumidos en el fondo de una zanja, siempre estamos apuntando hacia lo infinito, hacia al espíritu. Por eso también el mísero devenir de la historia humana puede entenderse como la insaciable e insignificante sucesión de tragicomedias personales, sin superaciones espirituales o finales felices, sin sentido, fundamento o razón aparente más que su fluir absurdo. Somos la masturbación inmunda y obscena del Espíritu. Puta madre. ¿Cuándo despertaremos para percatarnos que estamos parados en medio de arenas movedizas? ¿Qué cúmulo de estupideces más habremos de inventar para olvidar, si acaso por momentos, la mala jugada que son nuestras existencias?

Nadie ha dado tantas respuestas y nadie sabe más sobre estas cuestiones que los filósofos, no por genialidad sino por su increíble capacidad de enredarse en dilemas inútiles.

Durante años he deambulado por los pasillos de ese establo conocido como la Facultad de Filosofía y Letras, observándolos y escuchándolos, guardando mi distancia y evitando convertirme en uno de ellos. Cada nuevo ciclo de clases que comienza me he inscrito con el firme propósito de terminar la Licenciatura de Filosofía. Sigo sin lograrlo. Asisto a algunas clases, bromeo con algún viejo conocido, me deslizo por esos corredores como un zombie, y de vez en cuando le quito las pantaletas a una chica. También, a manera de ritual, ratifico cada semestre ante algún despistado de nuevo ingreso la siguiente convicción: toda está perdido y jodido de antemano, en consecuencia, lo más inteligente que podemos hacer es sumergirnos en nuestro propio ocaso, abnegando cualquier deseo de la voluntad.

Eventualmente, tanto caminar por esos pasillos inertes, viendo todos esos rostros, escuchando todas esas voces, opiniones y posturas de estudiantes y maestros, me hace sentir vértigo. Tantos cuerpos aleteando sin parar, empecinados en corregir el error de nuestra aparición en el mundo, me imposibilitan el pensar. No soporto esos cuerpos que se regodean sin parar en su desmesurada confianza y optimismo, que tienen esperanza en el futuro y en sí mismos, que quieren un rector no alineado al neoliberalismo económico, que claman por detener las guerras e invasiones a cambio de petróleo, que desean salvar a las focas, al oso panda y las ballenas azules, que buscan revertir el calentamiento global, el hoyo en la capa de ozono y la deforestación de la selva amazónica, que piden la legalización de los matrimonios gays y la marihuana, que fantasean con amarse sin violentarse, dando vueltas juntos por siempre de la mano, en un mundo libre, justo y generoso.

Pero esto no es lo peor. No contentos ni satisfechos con su brillante desempeño como agentes del cambio sociohistórico, todavía se atreven a decir que estamos en un bache histórico, que el vacío y el desierto nos inundan, que la humanidad entera está cagada de miedo, que es el fin de todas las grandes ideas, que presenciamos indiferentes y adormilados la destrucción de todo lo bueno y bello de este mundo, incluido por supuesto, a nosotros mismos. Desgraciadamente no es así. No tenemos tanta suerte, y aunque el mundo entero se desboque, siempre habrá algún necio intentado salvar algo, cualquier cosa. Una prueba de esto es precisamente el establo del que hablo. Nada se puede contra la pasión y fuerza de la voluntad, que ciega e irrefrenable nos empuja a cometer los actos más incompresibles y disparatados como poner hombres en la órbita terrestre, inventar inodoros que hablan o clonar ovejas.

Es la punta del iceberg de la Historia y ya hay una multitud de maricas que se derriten como el culo más caliente. Es el intermedio de un film sin argumento y ya gritan histéricos y afeminados el final de los tiempos. No hay Apocalipsis, no viene el Mesías ni el superhombre, no hay revolución social, y mucho menos un Fin de la Historia. Pero nada de eso implica una tragedia. La incesante y larga cagada que los románticos alemanes bautizaron como el Espíritu (la serie de configuraciones del decurso histórico humano, ahora sin propósito ni finalidad más que su propio acontecer) comienza apenas por tirar sus primeros mojones.

Yo, por lo pronto, continuaré leyendo a Schlegel pero claudicaré en mis caprichosos intentos por ser filósofo. Al menos no otro más formado en la inutilidad de la academia. No soy tan sensible. Mejor, iré a una cantina y si tengo algo de suerte y me emborracho, escribiré algo.

 

 

 

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