Notas sobre la fotografía de Edgar Durán

Desde el último tercio del siglo pasado, los profetas más sabios y pesimistas de nuestro tiempo han vaticinado el advenimiento de un mundo hipersaturado de símbolos y objetos de obsolescencia casi instantánea, donde el ascenso de la insignificancia y de lo efímero constituye el movimiento espiritual de la época.

Así, las nociones clásicas de tiempo, historicidad y memoria pierden su valor y esencia fundamental y con ello, la idea que hemos forjado sobre nosotros mismos, los otros y el mundo que nos rodea. La identidad entra en crisis y se hunde en medio del fango de la incertidumbre y la indiferencia.

La serie Rastros del fotógrafo mexicano Edgar Durán (D. F. 1982) nos obliga a replantear esa idea tan añeja y problemática que constituye la identidad, tanto histórica como colectiva e individual, pero en esta ocasión bajo una desconstrucción, bajo una doble interpretación, que invierte y despoja al concepto y a las cosas de sus elementos sólidos y esenciales para actualizarlos dentro del contexto contemporáneo.

La Columna de la Independencia, quizá el monumento más representativo de la identidad de los mexicanos, donde la ciudadanía se reúne por igual a festejar las victorias de la selección mexicana o a protestar en contra del Gobierno y sus políticos, despojada de sus elementos más significativos.

Ante la visión y manipulación del artista han desaparecido las estatuas de mármol de Miguel Hidalgo y Costilla, José María Morelos, Vicente Guerrero, entre otros. Imagen desconcertante de un monumento degollado y mutilado en su elemento más significativo: el ángel dorado o la victoria alada que corona su esbelta columna corintia, metáfora última del desvanecimiento del pasado indómito e insurgente de México.

Lo mismo sucede con el Monumento a los Niños Héroes y el Hemiciclo a Juárez, dólmenes cercenados en sus revestimientos de cobre y oro, descabalados en sus imponentes esculturas e insignias.

¿Y qué es lo que queda después de estas supresiones simbólicas? Panteones sin héroes y altares sin santos. Monolitos de cemento y obeliscos de mármol. Rastros y vestigios de una identidad colectiva, de una memoria histórica, cuya esencia todavía no logramos descifrar del todo. Un desierto urbano, gris y destemplado, donde vagan por igual turistas despistados y peatones que parecen perdidos. Queda, en palabras del artista, “tan sólo personas y cosas a la mitad de la nada”.

Si como afirma el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, la identidad es un “nombre dado a la salida de la incertidumbre”, es decir, una cuestión que se plantea cuando no estamos seguros de quiénes somos y hacia dónde vamos, en este México, que literalmente estalla y vuela por los aíres, el problema quizá sea que hemos olvidado justamente esta cuestión: la búsqueda por un espacio habitable, un camino firme por el cual andar, una salida de la incertidumbre.

Inmerso en esta reflexión, en la orfandad de símbolos e identidades unificadoras y homogéneas, se desprende otra serie de imágenes inhóspitas que el autor ha bautizado como Distopías Urbanas, cuatro “estudios de paisaje”, que al igual que las Ciudades Invisibles de Italo Calvino, el fotógrafo se ha inventado, o mejor dicho, develado mediante su lente, en su deambular cotidiano por el yermo de asfalto y espiritual de su ciudad natal.

“Estudios de paisaje” que funcionan como postales fotográficas pero de manera negativa, y las cuales constituyen la primera aproximación al tema de Distopías Urbanas, que no es más que la reflexión crítica de los intrincados y desconcertantes paisajes urbanos que se levantan ante nuestros ojos día con día.

Lejos está la idea de utopía, aquélla isla remota, imagen metafísica de una realidad optimizada, desplegada al máximo por la razón humana y el progreso científico/tecnológico que configuraron pensadores como Tomás Moro, Francis Bacon o Tomás Campanella.

Por el contrario, el autor nos invita a apreciar la distopía o contrautopía real de las grandes ciudades, plagada de paisajes y atmósferas sórdidas y desamparadas. Aquí no hay lugar para los magníficos y relucientes horizontes urbanos con los que nos bombardean los medios y la propaganda política, siempre estampas de progreso y bienestar social, de tranquilidad y seguridad pública.

En su fotografía desfilan ante nuestra mirada postales urbanas de terrenos baldíos o a medio construir en la exclusiva zona de Santa Fé en la Ciudad de México, o bien, en las afueras de la ciudad de Monterrey, erigiéndose sobre la maleza y la hierba arrasada por el concreto y hormigón de edificios inteligentes y ultramodernos condominios.

Esto en el mejor de los casos, puesto que también nos confronta con los restos y devastación que deja a su paso la abundancia de unos cuantos: ruinas y deshechos apilados debajo de un puente vial al lado de precarias casitas de cartón, lámina y madera; hileras de “futuros hogares” para centenares de familias mexicanas a mitad de la carretera, verdaderos madrigueras y capullos que lejos están de la imagen de comodidad y prosperidad social de la que se ufanan.

El otro y verdadero México, el de la distopía del retraso y resentimiento social, el de la miseria y desigualdad económica, captado por la lente y mirada del artista, quien declara que lo que anima su fotografía es una oscura pulsión de perdida, extravío e impotencia: “Yo me siento perdido y como no puedo cambiar la realidad pues me invento mis propios mundos, mis propias realidades”.

(A cualquiera que esté interesado en adquirir una pieza original del artista favor de contactar  a un servidor).

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4 pensamientos en “Notas sobre la fotografía de Edgar Durán

  1. Basura intelectualoide. Tanto del tal Edgar Duran como del que escribió este artículo de pacotilla. No hay nada peor que un artista que quiere ser notorio por su reinterpretación de las cosas. Attention Whore le dicen en inglés. Una puta dispuesta a todo con tal de hacerse notar. Impactar al espectador, eso ya se ha hecho hasta el cansancio en el arte. O más bien pseudoarte. Entartete kunst (arte degenerado) como decían los nazis.

    • Con todo el respeto que me merece tu muy informada e inteligente crítica, he de decir que si no te gusta lo que aquí se publica, no es de tu agrado o te parece basura, es mejor que te vayas a chingar mucho las nalgas cagadas de tu reputa madre.
      Un saludo afectuoso, Rodrigo.

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