El amante adiposo

Para los amantes de las carnes bofas de este mundo...

En ocasiones la única virtud de una persona es ser joven, generar expectativas y esforzarse en destruirlas una por una. La virulencia juvenil, la falta de experiencia y hasta la degradación pública pueden pasar como gracias propias de una edad en la que algunos no encuentran certezas. Este es el caso de Diego, que manosea con torpeza los firmes pechos de Valeria, despojándolos de sus celdas de encaje rojo. A Diego le parece un acto muy original y cinematográfico, a Valeria tan sólo una más de sus pendejadas. Es media noche, y, cobijado por las sombras que lanzan las estructuras art decó del callejón de Motolinia, sucumbe al deseo que clama el tóxico aire de la ciudad, frotando su verga contra los muslos desnudos de Valeria. Los pezones de ella, atezados y rígidos por el frío, temerosos del juicio de la multitud de ojos que los asechan, se rehusan a salir. Los labios y lengua de él, buscan ávidos mamar de sus carnes. Lástima que la voluptuosidad de Valeria no ceda al mismo impulso, porque de inmediato su cuerpo rechaza de un empujón el rostro babeante de su impetuoso amante. Un hedor a carbón quemado sopla sobre las decenas de cabezas curiosas que presencian tal escena, y Diego, borracho, drogado, va a dar contra las jardineras del callejón. Recobra el equilibrio sólo para divisar como las piernas gráciles de Valeria doblan hacia 16 de Septiembre. Hay mínimo treinta personas a las afueras del Pasagüero pero esto no le impide berrear a todo pulmón: “¡Puta! ¡Eso es lo que eres! ¡Una puta traicionera y calienta huevos!”. Cubierto de un montón de ramitas y hojas secas, se sacude con la poca dignidad que le queda y decide comerse un par de hotdogs con tocino y queso. No hay estampa más representativa del chilango pedo y desmadroso que comerse un par de hochos carbonizados saliendo del antro, asevera Diego al dueño del carrito de hamburguesas y perros calientes, quien le cobra tan sólo veinte pesos.

Diego cavila sus opciones: 1) tomar un taxi a su casa, comprar más alcohol y emborracharse frente al monitor de su computadora mientras se masturba viendo pornografía, 2) perseguir a Valeria, disculparse y confesarle que está enamorado de ella, y 3) ir a la Faena donde Carlo Rent y el Escritor le invitaran más veneno y porquería a su organismo. Se decide por la tercera opción. Tambaleante, camina por las calles de 16 de Septiembre y Bolívar. Una máquina limpiadora avanza lentamente lustrando con sus llantas el pavimento del remozado Centro Histórico, cortesía de Carlitos Slim. Se detiene en uno de los innumerables Oxxo’s que hay en cada esquina del centro, también toda generosidad y altruismo del magnate mexicano, para comprar una cajetilla de cigarros Lucky Strike. Al llegar a Venustiano Carranza una larga serpiente de cincuenta cabezas espera paciente su entrada a La Faena.

MARRANA CON MANZANA.

La obesidad, un rasgo filogenético que el mexicano comparte orgullosamente con el puerco.

Diego no tiene la menor intención de agregarse a la serpiente, esperar y pagar por entrar. Telefonea a Carlo Rent, quien está dentro de la cantina, y lo hace ingresar clandestinamente sin pagar los cincuenta pesos de cover. Hoy tocan Quiero Club y más tarde Los Super Elegantes. A juicio de Diego, todas las chicas del lugar lucen idénticas y manejan el mismo look tipo stroke: niñas anoréxicas envestidas con jeans muy ajustados, que levantan sus culos delicados y dejando tanga por fuera; blusas y playeras diminutas con algún dibujo o leyenda ilegible; cortes de cabello teñidos de luces de colores, ligeramente despuntados, alaciados y asimétricos. Tal y como le gustan. De camino a la barra, se enamora tres veces de tres chicas diferentes. Atisba a Carlo, que con su paso parsimonioso, está custodiado por un par de “ninfetas perversas”, como el mismo las ha bautizado. La música tonta de Quiero Club hace vibrar las efigies de toros y toreros de La Faena, que ajenos a los saltos y griterío de la gente representan el esplendor de la fiesta brava. En la mesa de Carlo también está el Escritor, un par de groupies y un montón de borrachos gorrones igual que él. Después de saludar a la comitiva, Diego pone la cara de un niño pequeño que ha derramado su nieve de limón. ¿Cómo has estado chico?, pregunta el Escritor, ataviado con su gorra Monster y el overol de Pemex. “Igual que siempre, vagando por las calles sin el peso de un destino que cumplir”, cita Diego, esperando que el Escritor se compadezca de su precaria situación. Halagado de que se le cite con tal exactitud y memoria, el Escritor por fin pronuncia las palabras que tanto anhela:

– Si vas por las chelas te disparó una.

– Y una línea de paso, no.

El Escritor, cauteloso, le ofrece una bolsita de cocaína olor a vainilla. Diego va dócil por más alcohol. Pide unas seis cervezas de barril que le son entregadas al cabo de media hora, y sintiéndose humillado por servir de mesero, decide tirar a propósito buena parte del líquido pareciendo perder el equilibrio. Hay algunas quejas por parte de los borrachines. Diego las ignora y pide su segundo premio. En el baño de hombres se escuchan explosiones gástricas provenientes del interior de algún pedorro cagón, cuyo culo monopoliza el único cubículo del baño, destinado a que el chico aspire su droga como Dios manda. Diego se va a una esquina y saca de la bolsita un montoncito de polvo blanco con su licencia de conducir.

¿Quién no se ha chingado una gorda en esta vida?

A su salida, Los Super Elegantes toman el escenario. Melina, la vocalista, con sus broncedas y largas piernas, cual columnas de un templo griego, produce un sensual efecto hipnótico en el respetable. Todas las almas forman una misma masa frente a la tarima, de la cual no se puede ingresar ni salir de ella. Las parejas se arriman a la altura de las caderas, los borrachos saltan en medio de la muchedumbre, y Diego, taciturno y en silencio, escucha desde la mesa del fondo. Recuerda a Valeria. Una sensación de vacío se arremolina en su estómago. Recibe otra chela de manos de Carlo Rent que está asediado por los tentáculos de la más buena de sus ninfetas; la otra sólo observa metiéndose un dedo en la nariz. Al interpretar la última rola, el cover de palito Ortega “Prometimos no llorar”, Diego casi rompe en llanto.

– Vámonos de aquí Carlo. Esto está atestado de puros mamones, la chela y los tragos son carísimos, y además los que tocan me traen malos recuerdos.

Carlo asiente y pronto se despiden de la comitiva de golfas y alcohólicos. “Quédate con la coca, se ve que lo necesitas. Y ya no tomes chico”, aconseja paternal El Escritor, dándole unas palmaditas en la espalda e irguiendo en su totalidad su alta figura.

A su salida el coro final: “Sha la la la la la la…” se escucha a lo lejos, muy débil. Toman un taxi que les cobra sesenta pesos por llevarlos a la Roma. Son las tres de la madrugada y en la peligrosa encrucijada Yucatán/ Medellín/Insurgentes se bajan para perderse en las infernales fauces del Bullpen y el Jacalito. A la entrada de ambos tugurios, hermandados con el vicio, la gente baila y toma cerveza descaradamente; adentro el olor es denso y agrio, apesta a cigarro, sobaco y cola sudada. Se sumergen en el Jacalito que es más barato, y por lo tanto, atiborrado de la fauna más puerca de los alrededores: estudiantes sin destino de universidades públicas, chicas que en realidad son chicos, asalariados que gastan su exigua quincena en unos cuantos tragos, gordas que se prostituyen por unos cuantos pesos, degenerados sin rumbo como Diego. Abriéndose paso entre la gente como si cortara la tupida vegetación de una selva, Rent, fiel a su costumbre, estrecha y abraza a un montón de gente que con seguridad no recuerda pero que lo reconoce. Unos obreros se van y de inmediato su mesa es tomada por las ninfetas. De alguna manera, gracias a la infinita y dichosa capacidad de beber gratis de Carlo, las ninfetas y Diego, tienen asegurados durante los próximos minutos una cubeta de cervezas.

– Creo que ya debo como tres mil pesos. Qué importa, todo por estás bellas ninfetas.- confiesa Rent, algo desilusionado pero contento por estar con vida una noche más, bebiendo y platicando con sus amigos.

Lástima que Diego no comparta el mismo vitalismo porque bebe con desgano y amargura. Las carcajadas de las ninfetas, providenciales campanadas de un paraíso venidero para Rent, no son más que aullidos de hiena para los oídos de Diego; el reggeaton que uno baila con entusiasmo y fervor, al otro le genera hastío y dolor de cabeza; y hasta la aparición de una rata que ve correr, inofensiva e inadvertida entre el calzado de la gente, lo toma como un signo más de su total decadencia. Diego imagina un incendio, deseando que todos los presentes se achicharren hasta los huesos, que su carne se conviertan en cenizas y su sangre en manchas negruzcas en las paredes de ese cuartucho desquiciado. Mueran todos putitos, que se les achicharre el culo cabrones.

Una gorda siempre te exprimirá hasta la última gota: no eres más que un embutido aderezado con moztaza para ella.

De pronto, una puerquita tetona y trompuda lo mira cachonda, directo a los ojos. Lleva jeans y una blusa ajustada, la cual expulsa pliegues carnosos de la parte del cuerpo de lo que en algunas mujeres está la cintura. Diego se levanta y pasa junto a ella en dirección al baño donde tira una meada y termina de esnifar la poca cocaína que le queda. Al salir, le confiesa al oído: me gustas por tu apariencia boteresca y tu total carencia de sentido de la moda. Ella no escucha, pero a juzgar por su sonrisa, piensa que sus palabras han sido un cumplido. Diego inicia el ritual de cortejo con la seguridad de beber a expensas de ella y su grupo de amigos lo que resta de la noche. A medida que se emborracha su robusta conquista parece más atractiva, en especial del pecho hacia arriba. Deposita entonces toda su atención en esa área de la anatomía de la chica que dice llamarse Silvia… ¡Qué tetas tan sabrosas tienes pinche gordita! Te las voy a chupar y lamer como sí fueran sandías. Sí, soy el Amante Adiposo y qué.

Por su parte, Carlo Rent sigue alegre con sus dos ninfetas, que exprimen todos sus centavos en más alcohol y grapas que encargan al dealer del lugar. A las cinco y media de la madrugada la gente comienza a vaciar esa trampa del diablo, de cuatro por cuatro metros. Incluso Rent se encamina, como un perverso abuelo de la mano de sus nietas, hacia la salida.

– Vamos al Mestizo, a ver si te veo por allá.- grita Rent al salir.

– Sí, ahorita le caemos.- responde un coro de voces anónimas. Diego cree pertinente entonces dejarse de boberías y proponer a Silvia ir a la parte de atrás del Jacalito, a las entrañas de aquel agrietado edificio. Oye, allá atrás hay un lugar más privado donde se puede beber más a gusto y platicar sin tanto ruido. ¿Por qué no vamos?, propone Diego. Silvia no vacila en aceptar y ambos abren la puerta que está al fondo junto a la barra, pero un brazo detiene al chico. Vamos acá atrás rapidito a platicar en privado, explica a su captor, quien de inmediato recibe en el bolsillo de su camisa los últimos cincuenta pesos de Diego. El propietario del brazo es Hugo, un gordito canoso y bonachón que atiende la barra. Acostumbrado a la calentura de sus comensales lo suelta y hasta le desea suerte.

El interior de lo que antiguamente fue un respetable edificio de oficinas y departamentos de la avenida Insurgentes, hoy no es más que una enorme bodega de alcohol, una madriguera de rufianes y traficantes de quinta, así como de comercios de dudosa reputación. Sus entrañas son un laberinto apolillado y sucio, repleto de pasillos y escaleras interconectadas unas con otras, lo que dificulta a Diego dar con el cuarto donde alguna vez terminó con una puta del lugar. Dan varias vueltas sólo para dar nuevamente con la salida y ver el rostro sonriente de Hugo.

Caminan un poco más hasta que Silvia, desesperada, conduce a su borrachín al interior de un rincón debajo de unas escaleras. Un par de pilas de cajas de cervezas se alzan como dos torres en el rincón. Diego hurta varias chelas de las cajas metiéndose las que puede en sus bolsillos. Luego, siente una lengua bofa en sus labios, además de unas manecitas regordetas sobándole el pito y los huevos. La amada boteresca lame su cuello, desabotona su camisa y baja por un pecho lleno de pelitos tiesos. Cuando Silvia baja la bragueta y saca el pene a media erección de Diego, éste destapa una cerveza robada con su encendedor, da un sorbo y cierra los ojos. Ahora imagina a Valeria, desnuda e hincada, sus labios gruesos chupándole el pito, los párpados y pestañas pintadas en tonos oscuros, el cabello negro y brillante recogido por detrás de sus hombros. Mientras la lengua de una total desconocida se pasea por el bálamo de su glande una pregunta revolotea como mosca en su cabeza: ¿En qué momento se fue a la mierda todo? Unos finitos rayos de luz que lo deslumbran, surcan el piso pegostioso y tiñen de azul resplandeciente su rinconsito de amor, develando lentamente las verdaderas dimensiones de Silvia. Diego cierra con fuerza la quijada y sus párpados clausuran unánimes sus pupilas. Qué más da, mañana ni lo recordaré.

¡Atásquense! ¡Creampie para todos!

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