Vodka, cocaína y sesos hirvientes

 Un hombre cuando está ebrio es conducido  por un niño imberbe y va dando tumbos, sin saber por dónde va porque su alma está húmeda.

Heráclito Fr. 117 

Un bombardeo de luces y gritos inunda al atos blanco que circula lenta y despreocupadamente por el cruce de Zacatecas y Monterrey. El conductor de un neón negro que viene a toda velocidad por el eje vial alcanza a divisar el rodar frenético del atos pero es incapaz de frenar a tiempo y se estampa de frente contra éste.

 ¡CRAAAAAASH!

Aunque el Efebo y el conductor del neón trataron de esquivarse mutuamente y frenaron con toda su fuerza, la velocidad y la inercia de sus trayectorias los hicieron colisionarse fatalmente. El Neón va a dar contra los cables tensores y un poste de electricidad en la esquina de Zacatecas.

 ¡CRASH!  Todo el cuerpo de su tripulante se encuentra aplastado por los gruesos y letales fierros del bólido; mientras que el diminuto atos blanco queda a media avenida totalmente desmadrado.

Ambos autos humean, levantando una canícula de muerte en el asfalto. Efebo está inconsciente. Su cabeza está recargada sobre el volante del auto. De su cráneo emergen un par de riachuelos de sangre que recorren su frente. Su nariz está rota y sangra por ambos poros. Sus piernas, que lucen replegadas sobre su abdomen y aplastadas por el capote del carro, se han fracturado a la altura de los tobillos, la tibia y el peroné. Las manos, que sostenían firmemente el volante, se han quebrado a la altura de las muñecas. La cadera, el esternón y las cervicales también se han desquebrajado. El volante que salió como disparado desde el fondo de la estructura del carro lo golpeó violentamente. Efebo necesitará varios meses de rehabilitación sí es que sobrevive.

 Karlo Rent todavía en el asiento trasero, se levanta gimiendo y quejándose: “Ahhhggg… no mamen… Ahhhggg…”. El Pintor no se ve por ninguna parte y al mover a Efebo se da cuenta que éste no responde. Sólo cuando sale a trompicones del pequeño auto compacto puede ver entonces la escena completa: el capote, el motor y la maquinaria están triturados por completo; algunas partes se hayan regadas por la acera, como la puerta retorcida del piloto a unos cuantos metros de él. Una fina y crujiente escarcha de vidrios cubre las esquinas de Monterrey y Zacatecas.

El Pintor está tendido sobre el asfalto con las manos y piernas rotas. Salió volando rompiendo el parabrisas al momento del choque. Su robusto cuerpo y panza chelera rebotaron contra el capote del neón, para luego ser arrojado por éste a los aires. El cráneo y rostro moreno se arrastró a lo largo de un par de metros antes de detenerse por completo. La piel desprendida del cráneo, el rostro y los globos oculares, desparramados y adheridos al asfalto, resumen la trayectoria macabra del cuerpo del Pintor.

Un charco de sangre, espeso y de una tonalidad casi púrpura, moteado con pedazos de sesos hirvientes, rodea su cabeza como una aureola diabólica. Todo su cadáver desprende un fulgor y luminiscencia plástica que sólo la claridad de una noche fría y estrellada puede otorgar. Un final trágico y perfecto para un gran artista, piensa Karlo Rent, conmovido ante el cuadro de pesadilla que contempla. Karlo comienza a sentir un fuerte dolor en el pecho y en el cuello. Al acercarse a Efebo, como suele llamarle el muy mamón, su instinto lo hace buscar inconscientemente los dos papelitos que le habían dado en el Bull. Pero no hay ni huellas de los mentados papelitos.

– Ahora sí que la cagaste Efebo – dice en voz baja junto a él. De pronto la mano del chico se abre como una ostra y deja caer las dos grapas. Una felicidad inmensa recorre su rostro.

“Al menos se salvaron un par de papelitos”, se dice a sí mismo el editor, que necesita alivianarse para enfrentar todo lo que vendrá después: los policías, los médicos, los juzgados, la identificación de cuerpos.  Rent se sienta en la acera de la esquina de Zacatecas junto al neón negro y sobre un pedazo de cristal que tomó de la escena del choque deposita un papelito completo. El otro lo guarda en su bolsillo para más adelante. Una montañita de coca lo ve de forma inquietante.

“¡Qué preciosa montañita de coca!”, exclama contento y victorioso. Luego, la inhala por completo. Su pulso se acelera rápidamente. El corazón parece salirse de su pecho. Se siente fresco y lúcido. Nunca había sentido un jalón tan placentero. El dolor en el pecho y cuello van desapareciendo por completo. Las sirenas de los policías suenan a lo lejos y Karlo se dispone a enfrentarlos.

¡CRASH!

*****

Llueve en la ciudad. Las llantas de mi diminuto auto coreano, de mediocre manufactura, se deslizan a lo largo de las polvorientas calles de la colonia Roma. Siempre he pensado que mi auto es como un pequeño huevo blanco, friéndose y balanceándose de un lado a otro a lo largo de un gigantesco sartén de teflón. Mientras conduzco a toda velocidad por la sartén, siento una incontenible necesidad de meterme unas líneas. Estoy nervioso y cansado y unas líneas de coca siempre me alivianan. Hoy he tenido un día por demás estresante, y cuando me pongo nervioso me da comezón en las pelotas. Mientras me rasco los huevos de una manera casi enfermiza, con mi mano derecha, la mano de las chaquetas, resuelvo virar a la derecha y dirigirme a la redacción Charles Bukowski.

Allí, en la redacción del vicio y el alcohol, siempre hay la oportunidad de esnifar gratuitamente algo de polvo blanco. Karlo Rent y su desquiciado grupo de colaboradores nunca salen de casa sin cargar algo de buena cocaína. Al bajar de mi auto y dirigirme a la redacción el vigilante me advierte que todos se han ido ya. Fiel a su costumbre, el poli no me permite la entrada, así que le lanzo una mirada llena de repulsión y desconfianza.

De nuevo en el huevo, conduzco hasta Insurgentes para luego dar vuelta a la derecha en la calle de Yucatán. Ahí, en el eje vial, a lado de otros tugurios de mala reputación, se localiza la segunda redacción de la revista: el Bull. Afuera del Bull, uno de los mafiosos que nos consigue la cocaína me saluda. Le dicen “el Confucio”, como el sabio y filósofo chino, mejor conocido por el vulgo por sus famosas sentencias y aforismos; pero éste otro, el que está delante de mí, no parece hacerle mucho honor a su mote. Su único parecido con Kung-Fu-Tsé, no es más que su cara amarilla y chata de chino. Le saludo indiferente con la mirada y entro al Bull que estalla en periódicas explosiones de carcajadas y gritos, música y copas. El lugar está atiborrado de borrachos. Justo a la entrada, en la primer mesa, están Karlo Rent y el grabador Philipp Pow, acompañados de un par de amigos suyos que lucen bastante intimidantes.

– ¡Efebo! – me saluda algún mamón con cerveza en mano.

 – ¡Maestro Ricardo! – gruñe Phillipp desde su esquina. Saludo cordialmente a la mesa y me siento por fin.

Al parecer uno de los acompañantes de Phillpp es su ex-novia, una mujer brava y de rostro hinchado a quien todavía no consigue olvidar. Según me cuentan, acaba de presentar sus más reciente libro: los espacios que nos ocupan. Aunque el único espacio que debería ocuparle es el de satisfacer en la cama a su pareja que se encuentra a su lado, y al que se le nota a kilómetros de distancia que le gusta que se la metan por el culo. Mis sospechas se ven confirmadas cuando instantes después se muestra necio en darle un beso en los labios a Rent. Interrumpo su manoseo y les pregunto que si no tienen un papelin, pero no me hacen caso. Karlo, con su voz de motorcito, se encuentra emitiendo su clásico discurso sobre la belleza del instante:

 – Ehhh… como le digo a mis alumnos… la belleza de la vida radica en ese salto al vacío, ese instante eterno de placer, que sólo puede lograr un acto plenamente contracultural…

Una, dos, tres, cuatro cubetas desaparecen antes nuestros ojos. Para la fortuna de todos en la mesa llega el Pintor y se dispara la quinta y la sexta ronda de chelas. Se sienta con nosotros, y como si fuera un sabio Buda oaxaqueño se percata de nuestra desesperación y nos ilumina a todos. Por debajo de la mesa me da una grapa y un popotito mientras vigila con mirada nerviosa las afueras del lugar. ¿Qué pitos se supone que haga yo con esto? ¿Inhalarla en el baño del Bull? No hay manera. Es un baño inmundo.

Se respira una tensión en el aire. Yo estoy nervioso. Rent está nervioso. Y hasta el Pintor que en sus momentos de mayor arrojo se mete líneas en cualquier mesa hoy luce retraído. Incluso el maricón de nuestra mesa tiene las nalgas alteradas. Como nadie quiere arriesgarse en el baño decidimos democráticamente movernos al Cocadonga. Nos vamos, pero no estoy seguro de haber pagado toda la cuenta. Lo siento por Philipp Pow, su ex y el acompañante maricón. Antes de salir compramos algo de cocaína al Confusio y los ojos de todos se lanzan como buitres sobre el par de grapas que nos da. En el camino Karlo Rent no deja de chillar y gritar como una esposa celosa e histérica.

– ¡Cuidado con el alto! ¡Cabrón, no mames te lo pasaste! – chilla Rent desde el asiento trasero.

– Detente ahí en la esquina – ordena el Pintor.

 – ¡No mames, como aquí! ¡Nos va a cachar la patrulla! –continúa gritando Rent.

Nos detenemos entre las calles de Colima y Córdoba y sacamos el material. En la guantera de mi auto hay un libro que se titula Noches de Cocaína, de J.G. Ballard. Haciéndole honor a su nombre, sobre su luminosa portada azul, vacío la grapa de coca y me dispongo a cortarla en tres largas y regordetas líneas. Con el popotito que me había dado el Pintor las succionamos por las narices. Un cosquilleo sube directamente hasta mi cerebro, recorriendo mi nariz y garganta. Siento un ligero adormecimiento en mis dientes, y sé de inmediato, que me pondré hasta el huevo.

– Siempre nos dan una mierda aquí. Vamos al Cocadonga. –comenta el Pintor.

Enciendo el auto. Prendo un cigarillo y conduzco hacia el Cocadonga. La iglesia de Puebla nos asalta a la vista. Mi boca tiene un sabor rancio por tanta cerveza y cigarro. Me pican los huevos y creo que no estoy en condiciones para estacionar bien mi coche.

El viejo puerco, Charles Bukowski, según la mente puerca del Pintor.

*****

– ¿Es ésa Elsa Medicci? – pregunta el Pintor.

 – No mames… Sí, sí es. –asiente Karlo y luego pregunta – ¿es ése Pancho Meyer?

– Sí, toda la banda fotógrafa del Centro de la Imagen se descolgó para el Cocadonga –contesto.

 – Mira ahí está el maestro Pedro Valdovinos. Voy a saludarlo. – comenta Rent.

 En efecto, el maestro Valdovinos está a dos mesas de la nuestra, junto a otros dos fotógrafos y a una mujer descaradamente buena. Es jueves de Cocadonga y toda la banda intelectual y fashion de la Roma y alrededores se encuentran aquí.

 – ¿Oye ahí está Gonzalo Torres, no?

– Sí, sí, ahí está. No lo había visto. –dice el pintor mientras levanta la mano y lo saluda – ¡Ey, Armando!

Una, dos, tres vodka con quina desaparecen frente a nuestros ojos en menos de diez minutos. Rent platica con Valdovinos sobre la Bienal de fotografía y luego va y saluda a medio mundo.

 – Sí, Ricardo… mis amigos… –musita débilmente el Pintor – Yo con mis amigos todo. Para mí mis amigos lo son todo. – sus manos adquieren autonomía y no dejan de moverse, mientras agrega consternado- ¡Qué Cocadonga ni nada! Aquí todos vienen a lucirse… Yo no le invito nadie más que a mis amigos.

– Sí, sí, te entiendo. – miento pues en realidad no le entiendo ni madres.

– ¿Dónde estará Guillermo? ¡Guille, Guille, Guille! Ya es  jueves y no está por aquí – chilla con aire desconsolado Rent, que ha vuelto después de saludar a un centenar de gente.

– ¿Oigan, ahí está el mamón de Damián Flores? – pregunto sin recibir respuesta alguna.

Yo pido un tonic, Rent un tequila; el pintor sigue con cerveza. La gente entra y sale de los baños del Cocadonga. Todos van a meterse líneas y los retretes de los baños son el lugar indicado para hacerlo. De pronto la estentórea y aguardientosa voz de Karlo Rent retumba en el salón:

– ¡Faaaada! –saluda Rent al tal Guillermo que ha llegado y nos saluda caballerosamente. Por ahí está uno de los Titán, al que no logro reconocer, pues todos se parecen, pero ahí es a donde va el tal Guillermo.

 – ¿Traen dinero? – pregunta Rent.

 – No mames… si tú ibas a invitar. –contesta el Pintor.

– Si yo puse la última allá, y compré la grapita…

El pintor mueve la cabeza. Yo pido otro vodka tonic. Uno tras otro se enfila al baño de hombres del Cocadonga. Rent hace lo propio y se mete también.

 – No te preocupes… La dueña es mi amiga. Hoy todo sale gratis. Ya sabes que yo con mis amigos… –continua recitando el Pintor su discurso acerca de la importancia de la amistad.

 Después de unos veinte minutos, Rent sale del baño y nos dice: – Ahí les deje unas líneas, vayan. El pintor va con presteza. Sale del sanitario con una sonrisa extraviada, observa el panorama y se detiene a platicar con el maestro Valdovinos que ya se marcha. Una granizada de fichas de domino se estrella en las mesas del Cocadonga, sus incompetentes meseros van y vienen, trayéndonos todo el alcohol que queramos. La pasarela de luminarias intelectuales condecci way of life no para y todos se exhiben, saludan y reconocen con hipócritas gestos de cortesía. Yo sigo con mi vodka contemplando el espectáculo y preguntándome que pitos hago aquí. Al cabo de unos minutos, el Pintor, borracho de carrera interminable, nos comenta:

– Ehhh… ¿Vamos por otras no? Ey, Karlo, ¿vamos por otras con el Confucio no?

– ¿Creo que ahí está Roger Villareal? No veo bien… – y luego mientras se acomoda sus lentes contesta débilmente- Sí, yo pongo cien pesos…

 – Eh, Ricardo, vamos por otras dos no… y ya unas chelas aquí y ya nos vamos, no.

No me lo dicen dos veces y salimos los tres tamborileando por la calle hasta subir al auto.

– Es mejor regresar al Cocadonga. En el Bull no puedes meterte líneas. Pinche lugar, está cabrón ya. Ahí mismo te acusan. – advierte el Pintor.

 – ¡Es asqueroso ese baño! –la voz de Rent se esparce por todo el interior del auto- Y con tanto ruido y música uno no puede meterse una línea decentemente. Ya ves a mí carnal el “rubio” le sacaron una lana, lo madrearon y hasta casi lo violan.

 – Vamos por un par de papelitos y regresamos al Cocadonga a metérnosla y ya cada quién a su casa… –sentencia finalmente Rent.

 – Espero que esta vez no nos den una mierda. – digo preocupado antes de marcharnos. Mientras conduzco en silencio pienso en lo fácil que resulta meterse unas líneas en este país. Cualquier miserable, cualquier pobre diablo como yo puede hacerlo.

Cuando llegamos y el mafioso cara de chino me entrega el par de papelitos, me percato de que estoy aquí por mera inercia y porque sencillamente mi vida no es muy interesante. Una serie de pensamientos autodestructivos inundan mi mente. Creo que al igual que Karlo y el Pintor, tan sólo quiero un pericazo más, uno más antes de irme a dormir tranquilo a mi casa.

Alcohol, cocaína, altas velocidades y un niño borracho al volante, una combincación letal, amiguitos.